domingo, 30 de abril de 2017

Maldita Psicología


Todos aquellos que se dedican o pretendemos dedicarnos a la psicología sabemos que está maldita. Cuando comunicamos cual es nuestra vocación a otras personas, los efectos son diversos y variados pero, como en todo, existen ciertas tendencias ya clásicas al pronunciar las palabras mágicas.


Normalmente sale el genio negro de su lámpara haciendo galantería de su gran conocimiento concluyendo con total desacierto "La psicología no es una ciencia". A ver quién es el valiente que se atreve a rebatirle y presentarle argumentos, porque nos podemos pasar horas y horas explicando una y otra vez lo mismo para que el susodicho termine cerrando el ciclo con un rotundo "lo que tu digas"

Otras veces salen los desconfiados advirtiendo "no te pienso contar mis sueños" "A mi no me psicoanalices". Por más que a todo el mundo se le venga Freud a la cabeza cada vez que escucha la palabra Psicología, lo cierto es que el psicoanálisis no es más que una de las miles de corrientes que albergan en ella. Pero bueno, la desconfianza no deja de ser una duda así que, con un poco de paciencia, podemos llegar a transmitirles que pueden estar tranquilos e incluso llegar a debatir un rato sobre el tema.

Y finalmente tenemos a los "expertos" de San Google que no dudan en usar la psicología según les parezca, normalmente para etiquetar o hacer daño y excepcionalmente para ponerse en el lugar del otro, lo que confirma la norma. Así, en numerosas ocasiones, a muchos nos sangran los ojos y los oídos cuando vemos o escuchamos como la gente relaciona el TOC con TPA, el TAG con TPL y la depresión con las ganas de llamar la atención. Con estos debatir es completamente imposible. No es necesario exponer los motivos.

Todo ello es una pequeña muestra de que la psicología no sólo es la gran desconocida sino que siempre ha estado muy infravalorada, estereotipada y estigmatizada. Está maldita. Y de la misma manera, aquellos que hemos visto en esta ciencia nuestra vocación adolecemos de los mismas problemas. También somos infravalorados, estereotipados y estigmatizados. 
Estamos malditos y condenados a ser evaluados bajo un criterio de decisión ridículo. Esto queda patente en esa especie de consenso social que existe sobre las características que debe poseer un "buen psicólogo" y que es tan radicalmente tajante que roza el absurdo.

En primer lugar y lo más importante es que hay que ser "muy bueno escuchando a la gente" Porque en realidad de eso hablan nuestros infinitos libros, mayoritariamente de como aprender habilidades de escucha activa. Lo de comprender sin juzgar, tener objetividad, asertividad y otras muchas cualidades no deben ser muy relevantes. Sobre todo eso de comprender.

Pero además también debe claudicar ante cualquier ataque aunque le lancen a la vez cuatro bombas de destrucción masiva. Porque un psicólogo no puede ofenderse ni defenderse. Como se le ocurra mostrar su desacuerdo, el otro se transforma en Samuel L. Jackson para recordarle que "su nombre es Yahvé y su venganza caerá sobre él" con eso de "y tu precisamente que eres psicólogo deberías saber/hacer/ser". Pero ¡ojo! Samuel L. Jackson también regresa a la escena si el estudiante o psicólogo en cuestión tiene alguna clase de dificultad para autorregular sus emociones, adaptarse a esa sociedad que no para de juzgarle y/o caer en algún proceso que implique un desajuste ya sea temporal o permanente. Entonces volvemos a la carga "y tu que eres psicólogo deberías saber/hacer/ser". Porque ¡Claro que si! El psicólogo debe y tiene que ser capaz de gestionar por si sólo sus problemas como cualquier cirujano se extirpa su propio apéndice.

Y finalmente, nuestra favorita: para ser un buen psicólogo también hay que estar "loco". Según nuestra erudita y eminente sociedad que todo lo cataloga y lo etiqueta a la perfección, los psicólogos tienen que estar muy mal de la cabeza. Porque si no cómo va a ser posible que se pasen el día hablando de Wundt, Skinner, Freud, Watzlawick, Sazs y "otros pirados que se fumaban véte tu a saber que mierdas". Aquí vemos nuevamente a los expertos diagnosticando con total coherencia: el abuso de sustancias es la causa más común esquizofrenia, ¡Cómo no nos dimos cuenta!

En realidad todas estos estereotipos y muchos más que no merece la pena ni mencionar son cuanto menos ridículos. Porque más allá de cualquier clase de etiqueta un psicólogo es ante todo una persona de carne y hueso. Que sufre mucho más porque conoce mucho más y que conoce mucho más porque está constantemente aprendiendo. Que observa reflexiona e interpreta y que tiene que debatirse doblemente entre lo que su corazón quiere y su razón determina. Que no acepta verdades absolutas, ni patrones rígidos, ni dicotomías entre malos y buenos. Que bucea sin bombona ni linterna en un profundo y oscuro océano tratando de comprenderse a sí mismo y al resto para actuar en consecuencia, a pesar de que salga mal herido en el encuentro.

Pero sobre todo es alguien que no se da nunca por vencido. Aunque no consiga resolver el problema, aunque se equivoque, aunque tropiece con todas las dimensiones posibles de la piedra. Porque nuestra maldición también es el oxígeno que nos empuja a seguir sumergidos en ese infinito mar incierto de nuestra maravillosa e increíble ciencia.





lunes, 24 de abril de 2017

Medicalizando la violencia estructural.

Tradicionalmente,  los fármacos se han empleado para las dolencias físicas o psicológicas.  Sin embargo, en los últimos años se ha producido una fuerte expansión de su aplicación a los problemas que tienen poco o nada que ver con desajustes psicológicos o físicos, sino más bien con sucesos negativos que forman parte del ciclo vital de cualquiera. 

Hay pastillas para el duelo, para el divorcio, para el acoso, para el maltrato,  para la pobreza. Pastillas para no pensar, para no protestar, para volvernos sumisos ante la incompetencia de las instituciones que se empeñan en no asumir y corregir errores, limitándose a recetar pastillas y más pastillas. R
ecetas de talla única que lo mismo valen para un roto que para un descosido y que se dispensan a la ligera perpetuando por la fuerza de la química los problemas. 

Pero las pastillas no son la solución. Muchas veces,  además,  son otro problema añadido. Porque aunque inicialmente los fármacos sean como una especie de venda en los ojos que nos impida ver la piedra mientras nuestros neurotransmisores recuperan las fuerzas, cuando nos quiten esa venda el problema seguirá ahí, justo donde lo dejamos. Lo más adecuado sería entonces que, en lugar de simplemente doparnos hasta las cejas,  además nos ayudaran a superar ese obstáculo.

Sin embargo, no hay que olvidar que ninguno de nosotros vive aislado como Robinson Crusoe sino que estamos inmersos en un conjunto mucho más amplio, vivimos en sociedad, lo que significa que estamos en constante interacción unos con otros. Por tanto, en lugar de señalar únicamente a la persona como el objetivo del desajuste a tratar, deberíamos prestar atención al contexto en el que vive, es decir el ambiente que le rodea. Así veríamos que en realidad, en la mayoría de las ocasiones lo que estamos haciendo es medicalizar la violencia estructural.

Según Johan Galtung la violencia es como un iceberg, sólo es visible una pequeña parte de ella. Erradicar su existencia supone actuar en todos sus tipos. La violencia directa, que todos conocemos porque es la más visible: Pegar, maltratar física o verbalmente...La violencia cultural, que se concreta en actitudes como el racismo, la xenofobia, el machismo...  Y por último la peor todas: la violencia estructural, que se centra en el conjunto de estructuras que no permiten la satisfacción de las necesidades básicas humanas. Ejemplos de este tipo de violencia sería la pobreza, los efectos de la globalizaión y las políticas neoliberales. Es la más dañina porque es muy complicado identificarla y resulta difícil sino imposible luchar contra ella. Por ejemplo aquí en Europa recordamos el exterminio nazi y lo catalogamos sin dudar como violencia. Sin embargo no identificamos violencia en el autoritarismo económico de Merkel porque no mata a la gente en cámaras de gas pero obliga a los gobiernos a realizar ajustes estructurales que afectan enormemente a su calidad de vida y su bienestar social. Es una violencia más sutil, más invisible. Es violencia estructural. 

Parece claro entonces que para luchar contra cualquier tipo de violencia, especialmente contra ésta última, se requiere como mínimo, de una intervención psicosocial para erradicar desde su origen todas sus formas. Sin embargo los gobiernos y las grandes instituciones parecen no estar muy de acuerdo con esta perspectiva y han decidido optar por el camino contrario, aplicando cuidados paliativos a las consecuencias en lugar de centrarse en las causas, ya que resulta mucho más cómodo y más productivo refugiarse en el santo grial de la industria farmacéutica.

No conviene tener contento y feliz al ciudadano de a pie, ya que los impuestos que paga, a pesar de suponer un gran esfuerzo  por su parte teniendo en cuenta la precariedad salarial existente, no representan ni el 1% del margen de beneficios que reportan todas las empresas. 

Por ello los gobiernos, les permiten campar a sus anchas y hacer lo que les venga en gana (recortes, bajadas y congelaciones de sueldo, jornadas laborales extratosféricas) y condenan a sus ciudadanos a vivir sometidos en ambientes laborales puramente tóxicos y a sobrevivir a base de pastillas subvencionadas. 

Con semejante panorama resulta obvio deducir que muchos, si no la mayoría,  de los problemas de ansiedad, depresión, estrés, hipertensión y otras dolencias no tienen un origen personal sino más bien societal y que por tanto, no sólo son necesarias sino además imprescindibles políticas que sancionen la prácticas abusivas que realizan las empresas, instituciones, gobiernos u organizaciones contra la población mundial entera y que fomenten la restauración del ya perdido e idílico estado de bienestar.

A pesar de todo y por desgracia, los efectos aletargantes de los fármacos también han llegado a las urnas y hoy por hoy, en lugar de hacer algo al respecto, seguimos de brazos cruzados perpetuando la violencia estructural. 


                                      Paula Xirasola. 


sábado, 22 de abril de 2017

Programa de Razón Fija de Etiquetado.


En nuestro día a día tenemos que atender a millones de estímulos para poder funcionar de manera adaptativa con nuestro entorno. Sin embargo, a pesar de que procesamos infinitas unidades de información de manera consciente, no significa que nos demos cuenta de todas. Nuestro cerebro sólo nos muestra el titular de la noticia y algunos datos que considera relevantes pero éstos no son, en ningún caso, el relato de la noticia entera. En otras palabras, categorizamos la información relevante en grupos de elementos con características comunes para que nos sirvan de atajos. 

La categorización nos ahorra tiempo y esfuerzo cognitivo que podemos emplear en otros quehaceres. Es una función realmente productiva y eficaz para desenvolvernos en el medio con soltura. Sin embargo, no está libre de errores y en muchas ocasiones produce juicios sesgados y subjetivos que más que acercarnos a la realidad, nos alejan de ella.

Y en ese conocimiento categorizado y sesgado, además de información sobre objetos y sucesos también se incluye aquello que sabemos de las personas que nos rodean. Nadie puede afirmar con contundencia que conoce a alguien en total y absoluta profundidad. Sabemos de los demás una ínfima parte de sus características, de su existencia y de su vida. Con estos mínimos datos nos hacemos una idea general de lo que representan.

Como seres humanos que somos nos cuesta mucho aceptar la información que contradice nuestras ideas y aceptamos sin dudar aquella que las avala. Y cada vez que tenemos un conflicto interpersonal por disonancia de perspectivas, a fin de resolver la tensión generada nos embaucamos en una búsqueda activa y exhaustiva de nueva información que confirme nuestras creencias preconcebidas. Así llegamos a San Google, al que hemos catalogado también como el gran erudito y poseedor del conocimiento absoluto de todos los tiempos, para que nos aporte esa información que protegerá nuestra autoestima al devolvernos un feedback acorde con nuestras expectativas. No queremos admitir que tal vez unos y otros nos hayamos equivocado. Queremos tener la razón. Queremos encontrar la manera de confirmar que nosotros somos los buenos y el resto los malos, y no hay como San Google para encontrar lo que necesitamos.

Quizás por ello se hayan puesto de moda todas esas páginas de psicología barata que la gente visita como si de una enciclopedia empírica y veraz se tratara. En menos de cuatro líneas ya somos todos unos expertos en analizar y detectar los perfiles de personas tóxicas, maltratadores, asesinos y otras célebres bestias. 

Y compartimos, claro que compartimos. Porque nos gusta alimentarnos de esa información concreta y simple para así movernos por el mundo de una manera más fina y segura. Prejuzgando a diestro y siniestro, lanzando granadas a uno y tocando de paso a varios, por si acaso. Nos encanta sentirnos superiores y creer que controlamos todos los hilos con nuestras propias manos. 

Pero en realidad no somos más que ratas de laboratorio sometidas a un programa de razón fija de etiquetado, a las que nos plantan una lista de rasgos delante y una palanca que presionamos a lo loco para obtener un subidón de autoestima como refuerzo inmediato. Nos guste más o menos, somos así de básicos. 

Porque,  si fuésemos más objetivos nuestro mundo sería mucho más complicado y menos intuitivo. Utilizando un poquito el pensamiento crítico no tardaríamos en darnos cuenta de que no existen dos personas iguales, ni rasgos completos, ni patrones rígidos. Que no hay buenos o malos, ni verdades absolutas, ni negros o blancos. La realidad está llena de matices. 


Pero lo cierto es que nos va el reduccionismo, tanto como la comida basura porque es rápido, sencillo y práctico. Tal vez a largo plazo tenga consecuencias mucho más negativas que sus beneficios inmediatos, pero hoy es hoy y para mañana todavía falta demasiado.

Y así nos pasamos la vida catalogando, etiquetando y haciendo daño. Porque cuando encasillamos a una persona dentro de una categoría negativa no solamente la estamos insultando sino que además le estamos negando su condición como persona individual, única, particular e irrepetible. Y lo que es peor, la señalamos ante el mundo como poseedora de una cualidad despectiva impuesta por nuestro propio juicio sesgado que tarde o temprano la acabará sepultando. No es fácil levantarse de la tumba con semejante experiencia, y menos aún si es repetida, temprana y duradera. Pero lo nuestro no es ver las cosas desde otra perspectiva, no es analizar las consecuencias, no es preocuparse por la vida de nadie salvo de la nuestra... La empatía que la tengan con nosotros, pero que no nos la pidan.

Porque ya no pensamos. Abusamos de la categorización extrema. Como ratas de laboratorio en un programa de razón fija de etiquetado que solo esperan su recompensa. 

                                      Paula Xirasola


jueves, 20 de abril de 2017

IMPULSIVIDAD EMPRESARIAL. Conclusiones de mi proyecto Empresas Tóxicas. Psicología de las Organizaciones.

Cada mañana los medios de comunicación retratan el cambio que se está experimentando en el mundo laboral. Las grandes empresas han dejado a un lado los derechos humanos y bajo nuevas fórmulas creadas por ellas mismas, llevan a cabo cada vez más prácticas tóxicas en su gestión con un solo objetivo: aumentar sus beneficios.

Desde la Psicología del Aprendizaje se define "impulsividad" como aquella conducta de elección de una recompensa inmediata en lugar de una mayor demorada. Esto es lo que precisamente caracteriza a las empresas de hoy en día. Son completamente impulsivas.

Bajo esta ansia patológica de refuerzo inmediato transformado en números llevan a cabo despidos, recortes, bajadas y/o congelaciones de salarios, reducciones de jornada y de plantilla, contratos temporales de mala calidad pero no escatiman en gastos invirtiendo millones en estudios de mercado y publicidad, para que su nombre se reconozca y llamé la atención sobre posibles clientes potenciales. Resulta extraño a la par que llamativo observar cómo estas organizaciones, con la cantidad de recursos de que disponen, estén caminando en una dirección opuesta y totalmente errada de acuerdo con el objetivo que persiguen. ¿De qué sirve el marketing si la producción falla o no es de calidad? Paradójicamente la producción y calidad de su actividad está en manos de los empleados a los que maltratan, no de la publicidad.

Según la definición de Salanova (Salanova, 2008; Salanova y Schaufeli, 2009) las organizaciones saludables, se pueden definir como aquellas que “realizan esfuerzos sistemáticos, planificados y proactivos para mejorar la salud de los empleados mediante buenas prácticas relacionadas con la mejora de las tareas, el ambiente social y la organización”

Entre otras características que se observan en las organizaciones saludables podemos mencionar: horarios flexibles, autonomía, buena comunicación entre jefes, supervisores y empleados, liderazgo positivo, visibilidad de la participación de los empleados en el producto final, variedad de tareas, programas de incentivos, estimulación de la creatividad, buen diseño de puestos, diseño de carrera, programas de prevención de accidentes laborales, reuniones frecuentes de equipo…

La empresa saludable incentiva la superación personal, el aprendizaje continuo, la capacitación y la motivación y cuida de sus recursos humanos ya que entiende que son su capital principal. Fruto de las prácticas saludables los empleados están altamente motivados y se esfuerzan por alcanzar los objetivos y las metas de la empresa. Se sienten identificados con ella y surge el “work engagament”. Un trabajador “engaged” es un trabajador comprometido, una persona que está totalmente implicada en su trabajo y entusiasmada con él. Cuando tiene oportunidad, actúa de una forma que va más allá de los intereses de su organización para que esta crezca y se desarrolle, ya que se siente orgulloso de pertenecer a ella y por tanto quiere que prospere y perdure.

Desde esta perspectiva parece claro que aquella organización que lleva a cabo prácticas saludables, es decir que cuida de sus empleados, obtendrá de los mismos un rendimiento muy superior de los que cabría esperar en caso de no realizar tales prácticas. La manera de gestionar los recursos humanos por parte de la organización se convierte así en una pieza fundamental para su desarrollo potencial y la clave de su éxito en el futuro.

Esta idea no es ni por asomo una idea nueva, El clima laboral ha sido largamente estudiado, siendo uno de los primeros estudios al respecto el realizado en la planta Hawthorne de Western Electric, en Chicago, por Elton Mayo allá por 1949. Bajo un ambiente adecuado y unas condiciones óptimas un trabajador puede aumentar su rendimiento aunque no posea inicialmente las capacidades exigidas en el puesto

Un ambiente de trabajo adecuado no es imposible de lograr, pero necesita de la empresa unos esfuerzos importantes. En primer lugar es necesaria una evaluación exhaustiva de su propia actividad para localizar sus errores, como por ejemplo las condiciones físicas y el grado de estrés en el que los trabajadores deben desempeñar sus tareas, analizar si los mandos intermedios poseen cualidades de liderazgo, entre otras. Y una vez localizados y corregidos los "puntos negros" todavía habrá mucho que hacer. En palabras de Seligman, padre de la psicología positiva, “el verdadero crecimiento personal y superación de nuestras dificultades no vendrían sólo de eliminar lo negativo, si no de construir y adquirir lo positivo”. Por tanto es necesario que las empresas abandonen esta conducta impulsiva si quieren prosperar. Deben transformarse en organizaciones saludables aunque sea solamente por su propio interés corporativo.

Como bien afirma Salanova “las prácticas saludables influyen en el desarrollo tanto de los empleados saludables como de los resultados saludables, que a lo largo del tiempo influirán mejorando las formas de organizar y estructurar los procesos de trabajo, generando procesos de mejora constante a lo largo del tiempo”

Es una tarea ardua, que requiere trabajo y que por supuesto no dará beneficios inmediatos, más bien pérdidas. Pero a largo plazo esta trasformación será beneficiosa de forma bidireccional y recíproca.

Si las empresas llevan a cabo prácticas saludables no solo serán mejor vistas de forma externa y obtendrán más beneficios y mejor productividad sino que sus empleados se desvivirán para la organización crezca y alcance sus objetivos y su máximo desarrollo potencial. El trabajador motivado, además de incrementar su rendimiento al máximo, la calidad y la producción, es la mejor publicidad para una compañía. Hablará a los suyos con pasión de su empresa, querrá que compren sus productos, ningún anuncio estará a su altura. Con el tiempo, la empresa tendrá una imagen social positiva con la que tal vez no precise tanto estudio de mercado. Solamente una gran plantilla de empleados motivados.




EL TABÚ DEL SIGLO XXI

En un mundo globalizado donde las fronteras se han abierto para los mercados pero no para las personas, los gobiernos hacen un esfuerzo titánico para mantenernos silenciados y catatónicos evitando que pensemos activamente para romper la rueda.

Es la era de la modernización,  del auge de las redes sociales y la expansión masiva de los medios de comunicación (o desinformación). Una era en la que paradójicamente estamos más conectados que nunca y a la vez más aislados que en cualquier tiempo pasado seguramente mejor. 

Numerosos tabús han perdido su encanto prohibido y privado y ya no se debaten en voz baja para el cuello de nuestra camisa. Se han vuelto públicos, se comercializan en cada esquina virtual como la corrupción, el fascismo, la pederastia, la sexualización de la mujer cada vez a edades más tempranas....  

Hoy todo parece ser digno de ser hablado, comentado, debatido y cuestionado. Incluso los temas más indeseables como los señalados.

La libertad de expresión ha superado sus limitaciones para casi todos los asuntos menos para las emociones negativas. Ellas, que lejos de ser tan malas como las pintan y que, salvo en formas muy extremas, tienen una clara función adaptativa, se han convertido en el tabú del siglo XXI. 

Porque dentro de este cóctel de superficial consumismo que ha embriagado a la sociedad entera, todo tiene que ser bonito, maravilloso y perfecto.

Tenemos que ser por obligación felices y dejar constancia de ello mostrando al mundo entero que comemos, compramos o hacemos siempre bajo un mensaje en positivo, no vaya a ser que por expresar aquello que nos disgusta se nos excluya de este nuestro rebaño de felices borregos. 

La felicidad toma muchas formas a través de fotos, me gustas y retwits. El nuevo tabú del siglo XXI ha sido excluido de los anuncios publicitarios, de las películas e incluso de los libros. Nadie quiere hablar de esa peste negra que parecen ser las emociones negativas. No queremos saber que es la ira, la desilusión, la decepción, la tristeza, la rabia, el duelo y mucho menos queremos saber de esa epidemia llamada depresión, no vaya a ser el caso que por escuchar a una persona que está pasando por este proceso "nos contagie algo". 


Y lejos de mostrar nuestro lado humano y ser un ejemplo de modelo prosocial aunque solamente fuera por eso, por dar ejemplo, condenamos a estas personas al ostracismo, silenciamos sus sentimientos, las ignoramos y rechazamos hasta que consigan por ellas mismas volver a ser felices. Entonces y sólo entonces les permitiremos regresar para comer perdices junto al resto.

Si, la era de la modernización, dicen. Más bien es la era de la involución, de la superficialidad, de la individualización, del egoísmo y de la decadencia.

Pero todo tiene un fin que justifica los medios. Porque aunque queramos convencernos de lo contrario, no hemos elegido nosotros convertirnos en marionetas sonrientes  Mr Wonderfull las 24 horas del día. 

En realidad todo forma parte de una estrategia perfecta diseñada en un despacho de peces gordos sin escrúpulos y lanzada con acierto al mundo a través de la poderosa onda expansiva de los medios de comunicación y de las redes sociales que tanto nos gustan. Han creado tendencia, les ha funcionado y además les conviene.

Porque bajo esta moda del buenrollismo ¿como vamos a perder nuestro tiempo pensando en el sufrimiento ajeno? ¿En serio nos vamos a preocupar por los refugiados? ¿Se nos revolverá la conciencia con la explotación infantil de nuestras marcas de ropa favoritas en los países en desarrollo? Y ya sin ir tan lejos ¿acaso nos preocupará la violencia machista,? ¿la pérdida de bienestar social de nuestro país ? ¿Pensaremos acaso en que cada día tenemos menos derechos como sociedad colectiva? ¿Nos uniremos por todas estas causas y haremos algo?

No. No haremos nada porque hemos sido completamente deshumanizados. 

Si no nos preocupa ni lo más mínimo lo que le pasa a aquellos que tenemos más cerca, esa unidad básica de interrelación de nuestro microsistema, cómo vamos a ser capaces de desarrollar una conciencia de sociedad en conjunto que deba resolver los mismos problemas que aquel que padece depresión: encontrar los recursos necesarios para poder hacer frente a una situación que le supera.

Todo sería más fácil, claro está, a modo de fuenteovejuna, yendo todos juntos a la una. Pero nos han convertido en máquinas sin corazón, autómatas sin sentimientos ni empatía que viven cada día mirando hacia otro lado mientras ponen la mejilla. 

Eso sí, siempre con una bonita, maravillosa y perfecta sonrisa 

                                          Paula Xirasola