lunes, 18 de septiembre de 2017

"El principio de Peter" Cuando la incompetencia es menos la excepción que la norma.

“En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”. Así de contundente resumía Lawrence J. Peter la realidad de las organizaciones jerarquizadas bajo una estructura piramidal.  Según Lawrence J. Peter, con el tiempo, los puestos de trabajo tienden a ser ocupados por empleados que se muestran incompetentes para desempeñar sus obligaciones y el verdadero trabajo lo realizan aquellos empleados que todavía no han alcanzado su nivel de incompetencia.

Se da por sentado que ascender en una organización jerárquica siempre supone una situación mejor. A nivel laboral escalar puestos ha sido siempre visto, de forma generalizada, como un aspecto positivo. Nuestro sueldo aumenta, nuestro estatus también, nuestra identidad social se refuerza al tener acceso a relaciones sociales de mayor nivel...Vamos, es una experiencia maravillosa para aumentar nuestra autoestima. Porque ¡para que negarlo! el ascenso siempre es un reconocimiento a nuestro trabajo, ya sea por realizar eficazmente la tarea o bien por saber besar "los culos apropiados" en la gran mayoría de los casos.

Así que durante los primeros meses de nuestro ascenso le mostramos al mundo nuestro "Yo Ideal"  ese que es feliz, asertivo, comprensivo y educado. Tratamos a nuestros empleados con cariño y respeto, nos mostramos como iguales, hasta damos los buenos días a gente que antes ni saludábamos.

Pero las mejoras económicas y de estatus que acarrea un ascenso pueden llevar consigo insatisfacción y miedo si se pasan por alto las aptitudes personales para desempeñar determinadas tareas, especialmente si se carece de aptitudes para gestionar recursos humanos de una forma eficaz e inteligente. Por ello, a medida que va pasando el tiempo, el estrés nos va carcomiendo hasta destrozar desde dentro ese hermoso antifaz que nos habíamos puesto.

Y es precisamente aquí cuando nuestra incompetencia se vuelve patente y amenaza con cargarse la autoestima que nos queda tras ser conscientes de nuestras carencias. Es entonces cuando reaparece nuestro yo actual, ese que no tiene ni idea de tratar a las personas, ese ser frío dominado por el ego y movido por su propio interés de supervivencia que se muestra déspota y cruel con los que ahora llama subordinados en lugar de empleados. Y así, paradójicamente, atentamos contra nuestros propios intereses al no ser conscientes de que el bruto y lo fundamental del trabajo lo hacen aquellos a los que maltratamos diariamente.

He aquí el gran problema de la mala gestión de las promociones internas. Un problema que afecta enormemente no solo a la productividad sino a la totalidad de la empresa ya que sus defectuosos escalones lejos de conducir al éxito inician el descenso hacia la decadencia corporativa.

Si uno o varios de los puestos de responsabilidad están ocupados por empleados con un alto nivel de incompetencia, las decisiones que tomarán dichas personas serán erróneas, negativas e incluso catastróficas para cualquier negocio. Es incluso posible que los propios ascensos sean decididos por empleados incompetentes, por lo que se crea un círculo vicioso que, aunque a corto plazo muestre efectos poco llamativos, a largo plazo puede suponer la destrucción masiva de puestos de trabajo y el despido indiscriminado de empleados que realmente si están cualificados.

Si la empresa no corrige su rumbo, cavará una tumba tan profunda en la que, con el paso del tiempo, se enterrará a sí misma. Lo más triste de todo es que para cuando se dé cuenta, ya no quedará nada de ella, tan sólo una imagen tan dañada que no podrá salvarse con un simple cambio de rótulo. Porque al final es la imagen social la que lo mueve todo.

                                            Paula Xirasola