lunes, 18 de septiembre de 2017

"El principio de Peter" Cuando la incompetencia es menos la excepción que la norma.

“En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”. Así de contundente resumía Lawrence J. Peter la realidad de las organizaciones jerarquizadas bajo una estructura piramidal.  Según Lawrence J. Peter, con el tiempo, los puestos de trabajo tienden a ser ocupados por empleados que se muestran incompetentes para desempeñar sus obligaciones y el verdadero trabajo lo realizan aquellos empleados que todavía no han alcanzado su nivel de incompetencia.

Se da por sentado que ascender en una organización jerárquica siempre supone una situación mejor. A nivel laboral escalar puestos ha sido siempre visto, de forma generalizada, como un aspecto positivo. Nuestro sueldo aumenta, nuestro estatus también, nuestra identidad social se refuerza al tener acceso a relaciones sociales de mayor nivel...Vamos, es una experiencia maravillosa para aumentar nuestra autoestima. Porque ¡para que negarlo! el ascenso siempre es un reconocimiento a nuestro trabajo, ya sea por realizar eficazmente la tarea o bien por saber besar "los culos apropiados" en la gran mayoría de los casos.

Así que durante los primeros meses de nuestro ascenso le mostramos al mundo nuestro "Yo Ideal"  ese que es feliz, asertivo, comprensivo y educado. Tratamos a nuestros empleados con cariño y respeto, nos mostramos como iguales, hasta damos los buenos días a gente que antes ni saludábamos.

Pero las mejoras económicas y de estatus que acarrea un ascenso pueden llevar consigo insatisfacción y miedo si se pasan por alto las aptitudes personales para desempeñar determinadas tareas, especialmente si se carece de aptitudes para gestionar recursos humanos de una forma eficaz e inteligente. Por ello, a medida que va pasando el tiempo, el estrés nos va carcomiendo hasta destrozar desde dentro ese hermoso antifaz que nos habíamos puesto.

Y es precisamente aquí cuando nuestra incompetencia se vuelve patente y amenaza con cargarse la autoestima que nos queda tras ser conscientes de nuestras carencias. Es entonces cuando reaparece nuestro yo actual, ese que no tiene ni idea de tratar a las personas, ese ser frío dominado por el ego y movido por su propio interés de supervivencia que se muestra déspota y cruel con los que ahora llama subordinados en lugar de empleados. Y así, paradójicamente, atentamos contra nuestros propios intereses al no ser conscientes de que el bruto y lo fundamental del trabajo lo hacen aquellos a los que maltratamos diariamente.

He aquí el gran problema de la mala gestión de las promociones internas. Un problema que afecta enormemente no solo a la productividad sino a la totalidad de la empresa ya que sus defectuosos escalones lejos de conducir al éxito inician el descenso hacia la decadencia corporativa.

Si uno o varios de los puestos de responsabilidad están ocupados por empleados con un alto nivel de incompetencia, las decisiones que tomarán dichas personas serán erróneas, negativas e incluso catastróficas para cualquier negocio. Es incluso posible que los propios ascensos sean decididos por empleados incompetentes, por lo que se crea un círculo vicioso que, aunque a corto plazo muestre efectos poco llamativos, a largo plazo puede suponer la destrucción masiva de puestos de trabajo y el despido indiscriminado de empleados que realmente si están cualificados.

Si la empresa no corrige su rumbo, cavará una tumba tan profunda en la que, con el paso del tiempo, se enterrará a sí misma. Lo más triste de todo es que para cuando se dé cuenta, ya no quedará nada de ella, tan sólo una imagen tan dañada que no podrá salvarse con un simple cambio de rótulo. Porque al final es la imagen social la que lo mueve todo.

                                            Paula Xirasola





domingo, 9 de julio de 2017

CONCEPCIÓN COMO NORMA SUBJETIVA


La norma subjetiva es la percepción sobre las presiones sociales para realizar una determinada conducta e incluye, tanto la percepción de las creencias conductuales que las personas relevantes poseen acerca de si se debe o no realizar una acción, como la motivación del individuo en satisfacer las expectativas de estos. Los referentes pueden ser desde un individuo que resulte relevante para la persona, hasta un grupo social, una comunidad, etc. El incumplimiento de las normas subjetivas no implica una sanción institucionalizada,  pero si conlleva algún tipo de recriminación o reproche social.

Nos guste más o menos la norma subjetiva ejerce un gran poder en nuestras decisiones,  presionándonos socialmente para que cumplamos con una serie de hitos que se consideran normativos para cada edad, como estudiar, independizarse, encontrar un trabajo estable, casarse, tener hijos... Cuando no se siguen estos pasos según lo sugerido por nuestra sociedad,  o no se alcanzan determinados logros de forma voluntaria, el entorno nos presiona para que, de una manera u otra, tomemos el camino que con tanto esfuerzo han construido Disney, la Iglesia y nuestro primitivo sistema educativo.

Toda esta presión se manifiesta en una serie de preguntas control que hacemos a los demás para verificar si efectivamente han cumplido con lo previsto. Así, cuando uno se independiza la retahíla de preguntas absurdas comienza a quebrantar esa libertad recién adquirida "¿y para cuando el novio? ¿Y para cuando la boda? ¿Y para cuando los hijos?" Todas estas preguntas sin duda son incómodas, pero la última es especialmente dañina para una mujer.

En primer lugar porque le niega el derecho básico de su libertad de elección. Se asume implícita y explícitamente que, por el hecho de ser mujer, una debe desear ser madre y quien no lo desea es menos mujer. Esto sin duda es una auténtica falacia. Una mujer no deja de ser mujer por no desear ser madre. Una mujer,  ante todo,  es una persona individual que tiene el mismo derecho que su homólogo del sexo opuesto a decidir lo que desea y no desea en su vida. Sin embargo cuando una mujer manifiesta su deseo de no tener hijos es visto en ella,  no así en el hombre,  como algo contra natura. La discriminación hacia la mujer empieza aquí, desde el eslabón más básico. Su género. 

¿Dónde está escrito que para ser mujer hay que ser madre? En ninguna parte. Como tampoco está escrito que debemos ser guapas, presumidas y delgadas, pero este tema lo dejaremos para otro día.

En segundo lugar y no por ello menos importante, la pregunta de por si entraña una crueldad intolerable hacia aquellas mujeres que, aun deseando ser madres,  no lo consiguen. Pero en esta realidad, que es mucho más amplia de lo que creemos,  nadie piensa. Así justificamos nuestra inocencia al inmiscuirnos en lo que no nos concierne cuando en realidad estamos clavando un cuchillo en las entrañas de una persona de la que probablemente no sepamos absolutamente nada. ¿Y si lleva años intentándolo? ¿Y si está bajo tratamiento para ello? ¿Y si no puede tenerlos? ¿Quiénes somos nosotros para hacer semejante pregunta? ¿Acaso somos submarinos para navegar sin permiso por los oscuros océanos de la privacidad individual?

          Pero claro, luego uno entra en los foros sobre maternidad y se encuentra una auténtica paranoia por lograr de la manera más rápida el milagro de la vida con la que las empresas farmacéuticas se frotan las manos. Test de ovulación, test de embarazo ultrasensibles, tratamiento hormonales, intervenciones psicológicas y quirúrgicas... Un imperio millonario que se aprovecha del deseo de las mujeres de ser madres y a poder ser cuanto antes. Porque aunque la fertilidad y fecundación no sean asuntos sencillos, tardar en el proceso, aunque sean unos meses,  también está mal visto. Y quien tarda no sólo sufre el asedio de las preguntas control, sino que encima tiene que aguantar desde "bromas inocentes" hasta auténticas mofas y burlas.

Paradójicamente este deseo extremo fomentado por deseo aliviar la presión social y cumplir con la norma subjetiva no hace más que dificultar la tarea. No es ni por asomo pequeño el porcentaje de mujeres que tienen problemas para concebir por la presión psicológica que se ejerce desde fuera. Mujeres que a la larga son atendidas en las unidades de salud mental por ansiedad, depresión e incluso conductas suicidas.

Pero la concepción bajo la norma subjetiva no sólo trae problemas fisiológicos y psicológicos. Al contrario. También causa efectos indeseables tanto de manera intraindividual, como interindividual y social.

Porque cuando se tienen hijos porque toca,  en lugar de porque realmente se desea,  a nivel individual renunciamos a otras metas o sueños para el cuidado de nuestros retoños, lo que a la larga repercute notablemente en el estilo parental que adoptemos,  que finalmente influirá en el desarrollo de nuestro pequeño. Y estos efectos no son nimios, a Baumrind me remito. 

El estilo parental adoptado puede tener consecuencias devastadoras para el niño que ha venido al mundo no por decisión propia sino por la nuestra. Así en lugar de niños felices creamos desde autómatas dependientes hasta pequeños tiranos. Luego siempre podemos echarle la culpa al resto y el resto a nuestra incapacidad para ser padres, perpetuando con ello el status quo de la norma subjetiva.

Por ello os invito a todos a que rompáis la rueda y le hagáis un favor al mundo: Meteos en vuestra vida. Porque no sois nada ni nadie para exigir a los demás lo que deben o no deben hacer, ni cuando, ni como, ni con quien y mucho menos porqué.

Porque, todos y cada uno de nosotros, no somos más que seres subjetivos aferrados a nuestros ideales y creencias que bajo ningún concepto tienen porqué ser ni las más acertadas ni las más correctas. Y porque, nos cueste más o menos aceptarlo, por encima de la norma subjetiva están la libertad, los derechos y los sentimientos, aunque algunos hayáis olvidado que significan estos hermosos conceptos.

En definitiva, la vida no es un conjunto de roles o expectativas que hay que asumir sin dudar. No hay que obedecer a ninguna norma social sin base ni fundamento y mucho menos a una que se ampara en una estúpida y arcaica cuestión de género. La vida no es un camino lineal y previamente establecido. Ante todo y como ya dijo en su día Calderón de la Barca "La vida es un sueño". 

Así que tanto si quieres ser madre como si no puedes o no quieres… Olvídate de la norma subjetiva. Vive tu sueño.

                                                    Paula Xirasola.






















sábado, 27 de mayo de 2017

LO QUE LA VERDAD ESCONDE

"Hay verdades que resultan incómodas en casi todos los países y la respuesta de las diferentes sociedades a estos temas es tan consistente que desde la Antropología ya se habla de actitudes universales. Entre estos temas se halla el suicidio, una conducta que es mal vista por la gran mayoría de las culturas a excepción de alguna oriental. 

El suicidio está socialmente visto  como un acto de debilidad y cobardía. Por todo ello, las tasas de prevalencia e incidencia son difícilmente estimables. No obstante se estima que superan en un 50% el número de casos oficialmente declarados".

Así de impactante comenzaba un capítulo del temario de Evaluación en Psicología Clínica. Después se enumeraba una larga lista de factores implicados en la conducta suicida:  depresión severa, alteraciones en el circuito de la serotonina, sesgos cognitivos en la toma de decisiones, falta de habilidades sociales...

Lo sorprendente de todo esto es que salvo algun dato relativo a los factores  familiares e  interpersonales, todos los demás se centraban en la persona. Porque al parecer, cuando alguien se suicida es responsabilidad única y exclusivamente suya.

MENTIRA.Todos tenemos cierta responsabilidad ante el suicidio. 

Lo que la verdad esconde es que más del 80% de los adultos jóvenes que se suicidan han mostrado indicios de su propósito y han pasado desapercibidos por su entorno. Un entorno que luego encima tiene la cara de llamarle cobarde.

Porque volvemos a lo de siempre. Es probable que de alguna manera,  verbal o no verbal,  esta persona nos haya pedido ayuda. Pero es que nuestras gafas de Mr Wonderfull no nos permite ver más allá y queremos a los demás siempre y cuando no nos rompan la cabeza con sus problemas.

Nos hemos vuelto unos analfabetos emocionales. Y como la ignorancia es la madre del atrevimiento censurados toda expresión de afecto negativo y lo apartamos de nosotros como si fuera la peste negra.

Nuestra falta de asertividad y empatía nos lleva a relacionarnos con los demás con una idiosincrasia tan rígida y tan autorreferencial que a veces sin querer, y muchas veces queriendo, hacemos daño. 

Pero no nos vayan a culpar. Que quien se quita la vida lo hace por decisión suya, oiga. Todos somos santos cuando juzgamos los pecados ajenos. Por ello nos atrevemos a catalogar al suicida de cobarde, débil y otras tantas tonterías. Y no solo eso, le negamos el derecho a un entierro cristiano, le culpamos de haber dejado atrás familia, hijos, pareja, le quitamos peso a sus razones... Porque ¿cómo va a tener razones de peso?

Lo que la verdad esconde es que en realidad nosotros también apretamos el gatillo. Con nuestro rechazo hacemos sentir a los demás que no hay salida, negamos auxilio y ayuda a quien lo necesita, juzgamos y criminalizamos sin ponernos en su piel ni calzar sus zapatos. Y,  consciente o inconscientemente,   contribuimos a esa decisión de poner fin a su vida.

Así que espero que esta nota os sirva un poquito de autocrítica y que veáis más allá de vuestra realidad. Hay muchas personas que lo están pasando mal y que os necesitan.

NO LES DEIS LA ESPALDA
           



                             Poesía de Vanessa Glemsel

domingo, 14 de mayo de 2017

El mundo cambia con tu ejemplo, no con tu opinión.

Según la teoría de Aprendizaje Social de Albert Bandura, la mayor parte de la conducta humana se aprende por observación de modelos significativos de nuestro entorno. Por tanto, todo comportamiento se puede adquirir o modificar por medio de una experiencia social directa.

Es por ello que sería mejor que, en lugar de nacer con una barra de pan bajo el brazo, naciésemos con un espejo en la mano. Y no precisamente para autohalagarnos, sino para vernos a los ojos de vez en cuando y reflexionar con profundidad y franqueza sobre si realmente somos coherentes con nuestros actos.

Porque, cuando se trata de dar lecciones al resto estamos siempre dispuestos. El uso de expresiones como "tienes que" "debes" "no puedes" se ha convertido en algo tan natural y tan automático que parece que tenemos un manual de órdenes insertado en el cerebro. Pero estas pautas son pura idiosincrasia. Una prueba irrefutable de que somos tan arrogantes y soberbios que creemos que nuestra manera de hacer las cosas es siempre la mejor, la más adecuada y la más correcta.

Se nos da muy bien eso de ponernos en la piel del maestro que va dando lecciones de moral a los demás y, a la hora de la verdad, hacemos justamente aquello que tanto reprochamos al resto. Sea por A o por B, acabamos bebiendo de ese agua que juramos no beber.

Es entonces cuando nuestra falta de coherencia se vuelve tan visible y explícita que nos deja totalmente en evidencia. Le mostramos al mundo entero que no tenemos ninguna clase de criterio y nuestras palabras pierden su poder para causar el impacto deseado. Si acaso producen indiferencia en el mejor de los casos.

Pero, como siempre, los efectos más devastadores son los que no calculamos. Porque cualquiera que esté a nuestro alrededor puede aprender de nosotros, o más bien desaprender. Y no solamente reciben esos guiones distorsionados nuestros conocidos, sino también los desconocidos, ya sean adultos, adolescentes o niños.

Lo que hacemos viaja mucho más allá de nuestro microsistema y echa raíces como las hiedras en los lugares más insospechados. Y así se produce el gran efecto bola de nieve donde nuestro mal ejemplo es  trasmitido por observación, reforzado por ausencia de corrección y perpetuado por repetición. Quien sabe, tal vez mañana nos venga de vuelta y nos llevemos las manos a la cabeza.


El mundo cambia con tu ejemplo, no con tu opinión. Si quieres hacer algo por él deja a un lado tu faceta de juez y conviértete en un buen modelo


                                  Paula Xirasola

martes, 2 de mayo de 2017

Y SIN EMBARGO GIRA

En alguna parte leí que el ser humano es el único ser que nace indeterminado, que necesita de otros para evolucionar y sacar lo mejor de sí mismo.

Nacemos indeterminados sí, necesitamos de los otros porque el ser humano nace y vive en sociedad. Pero vivir en sociedad no significa que podamos sacar lo mejor de nosotros mismos, normalmente sucede justamente lo contrario. Debemos medir nuestros actos, nuestras palabras, nuestra conducta e incluso nuestro pensamiento si queremos seguir perteneciendo a la manada. Debemos ser tristes marionetas y no resistirnos a las manos de ese "ser misterioso" que maneja nuestras cuerdas. Es nuestra sociedad la que mueve los hilos, la que nos premia o reprime, la que nos desprestigia y no tiene en cuenta nuestra valía, dando por hecho que no podemos aspirar a más de lo que ella misma nos concede. Camina en la dirección que te impone y jamás serás la oveja descarriada.


Durante los primeros años de nuestra vida somos pura creatividad e ingenio, nadie frena nuestras ocurrencias sino que sonríen ante la gracia que les causa nuestra elocuencia. Pero eso solo sucede al principio.

A medida que nos hacemos mayores, nuestras ideas dejan de ser divertidas y parece que nuestro entorno se pone de acuerdo para calificar, los productos que nuestra mente fabrica sin cesar, de ideas peregrinas, ideas inalcanzables, ridículas, utópicas, erradas, banales, imposibles, equivocadas, impensables!

Crecemos asumiendo que no es bueno pensar en lo que “todo el mundo” cree que está mal, a pesar de que nadie tiene el poder o la sabiduría para designar qué es lo “normal” y mucho menos lo correcto.

Sin el apoyo y el reconocimiento social acabamos apagando muchas de las bombillas que se encienden en nuestras cabeza, nos avergonzamos de lo que nuestra mente concibe y finalmente lo rechazamos... o no lo hacemos pero lo calificamos de “imposible”.

El niño es feliz siendo niño y de mayor debe sufrir el juicio que se hace de todo cuánto piense o exprese. Que injusto castigo para quién ha nacido dotado de "una mente maravillosa", que triste es la vida si ya desde el colegio nos restan nuestras posibilidades de futuro al censurar aquello de lo que nos creemos capaz. ¿Es acaso ésto a lo que llamamos evolución?

Si tienes una idea primero debe pasar la criba de la opinión social y si lo consigue, tendrá que sobrevivir a las garras de la tortuosa burocracia para hacerse realidad. Solamente unos pocos tendrán la iniciativa de darle forma a su sueño y después seguir luchando para que perviva. Pero... ¿de qué sirve la iniciativa sin oportunidades?. Sin recursos las ideas se quedan en el cajón del olvido para acabar desapareciendo en el agujero de las cosas perdidas y de ahí ya no vuelve a salir.

Siempre estará la sociedad y sus etiquetas, armada de prejuicios e innumerables barreras, para recordar que esa no es la dirección a seguir hasta que ella lo indique. Muchos murieron antes de que fueran reconocidos sus méritos. 


Un viejo Galileo tuvo que abdicar de sus ideas y permanecer confinado hasta su muerte simplemente por pensar. "Y, sin embargo... gira" decía. Pero nadie le creyó y aunque hoy nos parece descabellada la posición inquisidora de los que lo privaron de su libertad, nada ha cambiado. Seguimos penalizando al que piensa, solamente hemos cambiado los tipos de castigo. Quién sabe, tal vez dentro de veinte años le demos la razón... Para entonces ya habrá cumplido su condena.

Pero ¿que sería del mundo, tal y como lo conocemos, si nunca alguien hubiese tenido una sola idea? ¿que sería si nadie se hubiese atrevido a llevarla a cabo aún a sabiendas de que iba en contra de la opinión del resto? Nadie en su sano juicio puede responder a tales preguntas pues todo lo que ha sido creado por hombre proviene de una hipótesis formulada en su cabeza. Entonces... ¿Porqué ponemos tantas piedras en el camino de aquel que piensa y crea?

El ser humano nace indeterminado, necesita de otros para evolucionar... Necesita de una sociedad que sepa admitir que hay pensamientos que caducan y otros que deben nacer para renovarse así misma. Una sociedad que acepte las diferencias y conciba la diversidad de pensamiento no como un crimen sino como diferentes puntos de vista que nos pueden acercar más a la realidad de nuestra existencia, a conocer todas las caras de la moneda y así poder resolver con mayor facilidad nuestros problemas. Una sociedad que brinde oportunidades a esas mentes maravillosas y desconocidas que habitan en cada rincón de nuestro planeta.

Todos formamos parte de esa sociedad y de la misma forma que luchamos para conservarla debemos luchar también para mejorarla. Todos tenemos ideas que dan vueltas y vueltas en nuestra cabeza y que pueden proporcionarnos un futuro mejor de forma individual e incluso colectiva... No renunciemos a nuestro pensamiento como el pobre Galileo. No vivamos con el “Y, sin embargo... gira” Sigamos adelante con nuestras ideas intentando darles forma y vida. 




                                                 Nunca dejéis de pensar.




lunes, 1 de mayo de 2017

DESPIERTA



Cierra los ojos. Te invito a que hagas un simple ejercicio de imaginación. Imagina que estás tumbado en tu cama y que despiertas de un sueño que ha durado toda tu vida y, de pronto, alguien anuncia que ha llegado tu hora. Si amigo, hoy vas a morir. En ese momento haces un repaso de tu vida y descubres que no has hecho absolutamente nada. No vas a dejar nada que sea totalmente tuyo. Dejaste que pasase el tiempo sin cambios, conformándote con una vida normal, un trabajo normal, un día a día lineal. Y eso es todo. Un cuadro gris, sin color. Mientras en tu interior se revolvían millones de ideas, gritándote, suplicándote que las dejaras salir, mostrándote en tu cabeza imágenes de todo aquello que podías llegar a ser si las escuchases. Pero te mantuviste inmóvil, de brazos cruzados.

Si hoy fueses a morir tal vez la presencia de ese final inmediato te haría recapacitar y sentirías culpa y tristeza, por haberte conformado cuando toda tu vida pensaste que eras especial, que tenías un don, tal vez como escritor, como profesor, como ingeniero, pintor, bombero, astronauta, informático, actor. Pero te conformaste con NADA.

Dime ¿Cuanto te pagaron para que renunciaras a tus sueños? ¿12 mil al año? ¿20 mil? ¿Unas vacaciones en Benidorm con la familia cada verano? ¿Y que ha sido de ti? O más bien ¿Qué has hecho por ti? Pasaste por la vida o más bien la vida pasó por ti olvidándote de quien eres y asumiendo constantes roles a raja tabla. Eres el hijo de tal, la mujer de cual, el trabajador de x empresa, un parado, estudiante, vecino, madre, amigo... Y fueron pocos los momentos, por no decir ninguno, en que fuiste consciente de que eras algo más que todo eso.


Cada uno de nosotros somos únicos pero cada uno de nosotros pierde una oportunidad en cada segundo, en cada minuto, en cada hora para serlo. Pueden parecerse a ti en tus gestos, o a ti en tus expresiones, o puede haber similitudes en opiniones, gustos, formas de ser. Se puede tener el mismo color de cabello pero, sin embargo, no brilla de la misma forma en una cabeza que en otra. 

No podemos ser idénticos. La propia naturaleza no lo permite. El ADN está capacitado para guardar la información, copiarla fielmente, pero también para permitir una cierta posibilidad de cambio... Y si no fuera así todavía andaríamos a cuatro patas y viviendo en cavernas. 

Entonces si es nuestra propia naturaleza la que busca ese cambio para evolucionar, si estamos configurados genéticamente para que no hayan dos personas idénticas en este mundo, ¿Porqué te conformas con esa vida normal, ese trabajo normal, ese día a día lineal y con pasar desapercibido lo máximo posible para mantenerte en tu ideal zona de confort? Esto sucede por dos razones. Primero, porque te has olvidado de quien eres, rechazando tu identidad y segundo, porque tienes MIEDO. Miedo de ser diferente, miedo de que te señalen por no estar dentro de lo que se considera “normal” sin haberte parado a pensar qué es lo que implica esa normalidad. Y si lo analizas con atención, la normalidad, no es más que un concepto. Un concepto totalmente vacío ¿Quien puede decir qué es lo normal? Nadie puede contestar, somos seres subjetivos, nuestra realidad no es más que una percepción, una combinación de la información de nuestros órganos sensoriales, mezclada con la experiencia previa en caso de haberla, sumada a la opinión que nos regalan todas las mañanas los medios de comunicación, asimilada de acuerdo a nuestros propios esquemas mentales y dependiente de la educación que hayamos recibido. Por tanto en este cóctel, de realidad, tangible, objetiva y pura hay más bien poco. Y aun así, tu quieres ser normal. Y te ríes o criticas al que se sale de ello mientras en tu cabeza dan vueltas esas ideas y esos anhelos de todo aquello que no haces para conservar tu posición relativa a la población en el medio de la campana de Gauss, nunca en los extremos.

¡Levántate! Mira a tu alrededor. Afortunadamente para ti ese día no ha llegado. Hoy no vas a morir. Así que es el momento de que despiertes, de que actúes y escuches esas voces en tu cabeza porque no hay nadie como tu en el universo, aunque ahora no lo creas. Explórate, navega por tu interior hasta dar con esa clave, la llave que abre las puertas de tus sueños, porque está dentro de ti, te lo aseguro. Todos tenemos un don especial, incluso tu. Así que atrévete a abrirte paso en la selva, por el camino te encontrarás millones de obstáculo pero debes seguir adelante. No dejes que pase el tiempo. Alimenta tu mente, aprende, ejercita tus habilidades y desarróllalas al máximo, construye tus propias alas y cuando estés preparado salta CON DECISIÓN. 

No tengas miedo, vuela de una vez por todas y reclama el sitio que te corresponde JUNTO A LAS ESTRELLAS.


domingo, 30 de abril de 2017

Maldita Psicología


Todos aquellos que se dedican o pretendemos dedicarnos a la psicología sabemos que está maldita. Cuando comunicamos cual es nuestra vocación a otras personas, los efectos son diversos y variados pero, como en todo, existen ciertas tendencias ya clásicas al pronunciar las palabras mágicas.


Normalmente sale el genio negro de su lámpara haciendo galantería de su gran conocimiento concluyendo con total desacierto "La psicología no es una ciencia". A ver quién es el valiente que se atreve a rebatirle y presentarle argumentos, porque nos podemos pasar horas y horas explicando una y otra vez lo mismo para que el susodicho termine cerrando el ciclo con un rotundo "lo que tu digas"

Otras veces salen los desconfiados advirtiendo "no te pienso contar mis sueños" "A mi no me psicoanalices". Por más que a todo el mundo se le venga Freud a la cabeza cada vez que escucha la palabra Psicología, lo cierto es que el psicoanálisis no es más que una de las miles de corrientes que albergan en ella. Pero bueno, la desconfianza no deja de ser una duda así que, con un poco de paciencia, podemos llegar a transmitirles que pueden estar tranquilos e incluso llegar a debatir un rato sobre el tema.

Y finalmente tenemos a los "expertos" de San Google que no dudan en usar la psicología según les parezca, normalmente para etiquetar o hacer daño y excepcionalmente para ponerse en el lugar del otro, lo que confirma la norma. Así, en numerosas ocasiones, a muchos nos sangran los ojos y los oídos cuando vemos o escuchamos como la gente relaciona el TOC con TPA, el TAG con TPL y la depresión con las ganas de llamar la atención. Con estos debatir es completamente imposible. No es necesario exponer los motivos.

Todo ello es una pequeña muestra de que la psicología no sólo es la gran desconocida sino que siempre ha estado muy infravalorada, estereotipada y estigmatizada. Está maldita. Y de la misma manera, aquellos que hemos visto en esta ciencia nuestra vocación adolecemos de los mismas problemas. También somos infravalorados, estereotipados y estigmatizados. 
Estamos malditos y condenados a ser evaluados bajo un criterio de decisión ridículo. Esto queda patente en esa especie de consenso social que existe sobre las características que debe poseer un "buen psicólogo" y que es tan radicalmente tajante que roza el absurdo.

En primer lugar y lo más importante es que hay que ser "muy bueno escuchando a la gente" Porque en realidad de eso hablan nuestros infinitos libros, mayoritariamente de como aprender habilidades de escucha activa. Lo de comprender sin juzgar, tener objetividad, asertividad y otras muchas cualidades no deben ser muy relevantes. Sobre todo eso de comprender.

Pero además también debe claudicar ante cualquier ataque aunque le lancen a la vez cuatro bombas de destrucción masiva. Porque un psicólogo no puede ofenderse ni defenderse. Como se le ocurra mostrar su desacuerdo, el otro se transforma en Samuel L. Jackson para recordarle que "su nombre es Yahvé y su venganza caerá sobre él" con eso de "y tu precisamente que eres psicólogo deberías saber/hacer/ser". Pero ¡ojo! Samuel L. Jackson también regresa a la escena si el estudiante o psicólogo en cuestión tiene alguna clase de dificultad para autorregular sus emociones, adaptarse a esa sociedad que no para de juzgarle y/o caer en algún proceso que implique un desajuste ya sea temporal o permanente. Entonces volvemos a la carga "y tu que eres psicólogo deberías saber/hacer/ser". Porque ¡Claro que si! El psicólogo debe y tiene que ser capaz de gestionar por si sólo sus problemas como cualquier cirujano se extirpa su propio apéndice.

Y finalmente, nuestra favorita: para ser un buen psicólogo también hay que estar "loco". Según nuestra erudita y eminente sociedad que todo lo cataloga y lo etiqueta a la perfección, los psicólogos tienen que estar muy mal de la cabeza. Porque si no cómo va a ser posible que se pasen el día hablando de Wundt, Skinner, Freud, Watzlawick, Sazs y "otros pirados que se fumaban véte tu a saber que mierdas". Aquí vemos nuevamente a los expertos diagnosticando con total coherencia: el abuso de sustancias es la causa más común esquizofrenia, ¡Cómo no nos dimos cuenta!

En realidad todas estos estereotipos y muchos más que no merece la pena ni mencionar son cuanto menos ridículos. Porque más allá de cualquier clase de etiqueta un psicólogo es ante todo una persona de carne y hueso. Que sufre mucho más porque conoce mucho más y que conoce mucho más porque está constantemente aprendiendo. Que observa reflexiona e interpreta y que tiene que debatirse doblemente entre lo que su corazón quiere y su razón determina. Que no acepta verdades absolutas, ni patrones rígidos, ni dicotomías entre malos y buenos. Que bucea sin bombona ni linterna en un profundo y oscuro océano tratando de comprenderse a sí mismo y al resto para actuar en consecuencia, a pesar de que salga mal herido en el encuentro.

Pero sobre todo es alguien que no se da nunca por vencido. Aunque no consiga resolver el problema, aunque se equivoque, aunque tropiece con todas las dimensiones posibles de la piedra. Porque nuestra maldición también es el oxígeno que nos empuja a seguir sumergidos en ese infinito mar incierto de nuestra maravillosa e increíble ciencia.





lunes, 24 de abril de 2017

Medicalizando la violencia estructural.

Tradicionalmente,  los fármacos se han empleado para las dolencias físicas o psicológicas.  Sin embargo, en los últimos años se ha producido una fuerte expansión de su aplicación a los problemas que tienen poco o nada que ver con desajustes psicológicos o físicos, sino más bien con sucesos negativos que forman parte del ciclo vital de cualquiera. 

Hay pastillas para el duelo, para el divorcio, para el acoso, para el maltrato,  para la pobreza. Pastillas para no pensar, para no protestar, para volvernos sumisos ante la incompetencia de las instituciones que se empeñan en no asumir y corregir errores, limitándose a recetar pastillas y más pastillas. R
ecetas de talla única que lo mismo valen para un roto que para un descosido y que se dispensan a la ligera perpetuando por la fuerza de la química los problemas. 

Pero las pastillas no son la solución. Muchas veces,  además,  son otro problema añadido. Porque aunque inicialmente los fármacos sean como una especie de venda en los ojos que nos impida ver la piedra mientras nuestros neurotransmisores recuperan las fuerzas, cuando nos quiten esa venda el problema seguirá ahí, justo donde lo dejamos. Lo más adecuado sería entonces que, en lugar de simplemente doparnos hasta las cejas,  además nos ayudaran a superar ese obstáculo.

Sin embargo, no hay que olvidar que ninguno de nosotros vive aislado como Robinson Crusoe sino que estamos inmersos en un conjunto mucho más amplio, vivimos en sociedad, lo que significa que estamos en constante interacción unos con otros. Por tanto, en lugar de señalar únicamente a la persona como el objetivo del desajuste a tratar, deberíamos prestar atención al contexto en el que vive, es decir el ambiente que le rodea. Así veríamos que en realidad, en la mayoría de las ocasiones lo que estamos haciendo es medicalizar la violencia estructural.

Según Johan Galtung la violencia es como un iceberg, sólo es visible una pequeña parte de ella. Erradicar su existencia supone actuar en todos sus tipos. La violencia directa, que todos conocemos porque es la más visible: Pegar, maltratar física o verbalmente...La violencia cultural, que se concreta en actitudes como el racismo, la xenofobia, el machismo...  Y por último la peor todas: la violencia estructural, que se centra en el conjunto de estructuras que no permiten la satisfacción de las necesidades básicas humanas. Ejemplos de este tipo de violencia sería la pobreza, los efectos de la globalizaión y las políticas neoliberales. Es la más dañina porque es muy complicado identificarla y resulta difícil sino imposible luchar contra ella. Por ejemplo aquí en Europa recordamos el exterminio nazi y lo catalogamos sin dudar como violencia. Sin embargo no identificamos violencia en el autoritarismo económico de Merkel porque no mata a la gente en cámaras de gas pero obliga a los gobiernos a realizar ajustes estructurales que afectan enormemente a su calidad de vida y su bienestar social. Es una violencia más sutil, más invisible. Es violencia estructural. 

Parece claro entonces que para luchar contra cualquier tipo de violencia, especialmente contra ésta última, se requiere como mínimo, de una intervención psicosocial para erradicar desde su origen todas sus formas. Sin embargo los gobiernos y las grandes instituciones parecen no estar muy de acuerdo con esta perspectiva y han decidido optar por el camino contrario, aplicando cuidados paliativos a las consecuencias en lugar de centrarse en las causas, ya que resulta mucho más cómodo y más productivo refugiarse en el santo grial de la industria farmacéutica.

No conviene tener contento y feliz al ciudadano de a pie, ya que los impuestos que paga, a pesar de suponer un gran esfuerzo  por su parte teniendo en cuenta la precariedad salarial existente, no representan ni el 1% del margen de beneficios que reportan todas las empresas. 

Por ello los gobiernos, les permiten campar a sus anchas y hacer lo que les venga en gana (recortes, bajadas y congelaciones de sueldo, jornadas laborales extratosféricas) y condenan a sus ciudadanos a vivir sometidos en ambientes laborales puramente tóxicos y a sobrevivir a base de pastillas subvencionadas. 

Con semejante panorama resulta obvio deducir que muchos, si no la mayoría,  de los problemas de ansiedad, depresión, estrés, hipertensión y otras dolencias no tienen un origen personal sino más bien societal y que por tanto, no sólo son necesarias sino además imprescindibles políticas que sancionen la prácticas abusivas que realizan las empresas, instituciones, gobiernos u organizaciones contra la población mundial entera y que fomenten la restauración del ya perdido e idílico estado de bienestar.

A pesar de todo y por desgracia, los efectos aletargantes de los fármacos también han llegado a las urnas y hoy por hoy, en lugar de hacer algo al respecto, seguimos de brazos cruzados perpetuando la violencia estructural. 


                                      Paula Xirasola. 


sábado, 22 de abril de 2017

Programa de Razón Fija de Etiquetado.


En nuestro día a día tenemos que atender a millones de estímulos para poder funcionar de manera adaptativa con nuestro entorno. Sin embargo, a pesar de que procesamos infinitas unidades de información de manera consciente, no significa que nos demos cuenta de todas. Nuestro cerebro sólo nos muestra el titular de la noticia y algunos datos que considera relevantes pero éstos no son, en ningún caso, el relato de la noticia entera. En otras palabras, categorizamos la información relevante en grupos de elementos con características comunes para que nos sirvan de atajos. 

La categorización nos ahorra tiempo y esfuerzo cognitivo que podemos emplear en otros quehaceres. Es una función realmente productiva y eficaz para desenvolvernos en el medio con soltura. Sin embargo, no está libre de errores y en muchas ocasiones produce juicios sesgados y subjetivos que más que acercarnos a la realidad, nos alejan de ella.

Y en ese conocimiento categorizado y sesgado, además de información sobre objetos y sucesos también se incluye aquello que sabemos de las personas que nos rodean. Nadie puede afirmar con contundencia que conoce a alguien en total y absoluta profundidad. Sabemos de los demás una ínfima parte de sus características, de su existencia y de su vida. Con estos mínimos datos nos hacemos una idea general de lo que representan.

Como seres humanos que somos nos cuesta mucho aceptar la información que contradice nuestras ideas y aceptamos sin dudar aquella que las avala. Y cada vez que tenemos un conflicto interpersonal por disonancia de perspectivas, a fin de resolver la tensión generada nos embaucamos en una búsqueda activa y exhaustiva de nueva información que confirme nuestras creencias preconcebidas. Así llegamos a San Google, al que hemos catalogado también como el gran erudito y poseedor del conocimiento absoluto de todos los tiempos, para que nos aporte esa información que protegerá nuestra autoestima al devolvernos un feedback acorde con nuestras expectativas. No queremos admitir que tal vez unos y otros nos hayamos equivocado. Queremos tener la razón. Queremos encontrar la manera de confirmar que nosotros somos los buenos y el resto los malos, y no hay como San Google para encontrar lo que necesitamos.

Quizás por ello se hayan puesto de moda todas esas páginas de psicología barata que la gente visita como si de una enciclopedia empírica y veraz se tratara. En menos de cuatro líneas ya somos todos unos expertos en analizar y detectar los perfiles de personas tóxicas, maltratadores, asesinos y otras célebres bestias. 

Y compartimos, claro que compartimos. Porque nos gusta alimentarnos de esa información concreta y simple para así movernos por el mundo de una manera más fina y segura. Prejuzgando a diestro y siniestro, lanzando granadas a uno y tocando de paso a varios, por si acaso. Nos encanta sentirnos superiores y creer que controlamos todos los hilos con nuestras propias manos. 

Pero en realidad no somos más que ratas de laboratorio sometidas a un programa de razón fija de etiquetado, a las que nos plantan una lista de rasgos delante y una palanca que presionamos a lo loco para obtener un subidón de autoestima como refuerzo inmediato. Nos guste más o menos, somos así de básicos. 

Porque,  si fuésemos más objetivos nuestro mundo sería mucho más complicado y menos intuitivo. Utilizando un poquito el pensamiento crítico no tardaríamos en darnos cuenta de que no existen dos personas iguales, ni rasgos completos, ni patrones rígidos. Que no hay buenos o malos, ni verdades absolutas, ni negros o blancos. La realidad está llena de matices. 


Pero lo cierto es que nos va el reduccionismo, tanto como la comida basura porque es rápido, sencillo y práctico. Tal vez a largo plazo tenga consecuencias mucho más negativas que sus beneficios inmediatos, pero hoy es hoy y para mañana todavía falta demasiado.

Y así nos pasamos la vida catalogando, etiquetando y haciendo daño. Porque cuando encasillamos a una persona dentro de una categoría negativa no solamente la estamos insultando sino que además le estamos negando su condición como persona individual, única, particular e irrepetible. Y lo que es peor, la señalamos ante el mundo como poseedora de una cualidad despectiva impuesta por nuestro propio juicio sesgado que tarde o temprano la acabará sepultando. No es fácil levantarse de la tumba con semejante experiencia, y menos aún si es repetida, temprana y duradera. Pero lo nuestro no es ver las cosas desde otra perspectiva, no es analizar las consecuencias, no es preocuparse por la vida de nadie salvo de la nuestra... La empatía que la tengan con nosotros, pero que no nos la pidan.

Porque ya no pensamos. Abusamos de la categorización extrema. Como ratas de laboratorio en un programa de razón fija de etiquetado que solo esperan su recompensa. 

                                      Paula Xirasola


jueves, 20 de abril de 2017

IMPULSIVIDAD EMPRESARIAL. Conclusiones de mi proyecto Empresas Tóxicas. Psicología de las Organizaciones.

Cada mañana los medios de comunicación retratan el cambio que se está experimentando en el mundo laboral. Las grandes empresas han dejado a un lado los derechos humanos y bajo nuevas fórmulas creadas por ellas mismas, llevan a cabo cada vez más prácticas tóxicas en su gestión con un solo objetivo: aumentar sus beneficios.

Desde la Psicología del Aprendizaje se define "impulsividad" como aquella conducta de elección de una recompensa inmediata en lugar de una mayor demorada. Esto es lo que precisamente caracteriza a las empresas de hoy en día. Son completamente impulsivas.

Bajo esta ansia patológica de refuerzo inmediato transformado en números llevan a cabo despidos, recortes, bajadas y/o congelaciones de salarios, reducciones de jornada y de plantilla, contratos temporales de mala calidad pero no escatiman en gastos invirtiendo millones en estudios de mercado y publicidad, para que su nombre se reconozca y llamé la atención sobre posibles clientes potenciales. Resulta extraño a la par que llamativo observar cómo estas organizaciones, con la cantidad de recursos de que disponen, estén caminando en una dirección opuesta y totalmente errada de acuerdo con el objetivo que persiguen. ¿De qué sirve el marketing si la producción falla o no es de calidad? Paradójicamente la producción y calidad de su actividad está en manos de los empleados a los que maltratan, no de la publicidad.

Según la definición de Salanova (Salanova, 2008; Salanova y Schaufeli, 2009) las organizaciones saludables, se pueden definir como aquellas que “realizan esfuerzos sistemáticos, planificados y proactivos para mejorar la salud de los empleados mediante buenas prácticas relacionadas con la mejora de las tareas, el ambiente social y la organización”

Entre otras características que se observan en las organizaciones saludables podemos mencionar: horarios flexibles, autonomía, buena comunicación entre jefes, supervisores y empleados, liderazgo positivo, visibilidad de la participación de los empleados en el producto final, variedad de tareas, programas de incentivos, estimulación de la creatividad, buen diseño de puestos, diseño de carrera, programas de prevención de accidentes laborales, reuniones frecuentes de equipo…

La empresa saludable incentiva la superación personal, el aprendizaje continuo, la capacitación y la motivación y cuida de sus recursos humanos ya que entiende que son su capital principal. Fruto de las prácticas saludables los empleados están altamente motivados y se esfuerzan por alcanzar los objetivos y las metas de la empresa. Se sienten identificados con ella y surge el “work engagament”. Un trabajador “engaged” es un trabajador comprometido, una persona que está totalmente implicada en su trabajo y entusiasmada con él. Cuando tiene oportunidad, actúa de una forma que va más allá de los intereses de su organización para que esta crezca y se desarrolle, ya que se siente orgulloso de pertenecer a ella y por tanto quiere que prospere y perdure.

Desde esta perspectiva parece claro que aquella organización que lleva a cabo prácticas saludables, es decir que cuida de sus empleados, obtendrá de los mismos un rendimiento muy superior de los que cabría esperar en caso de no realizar tales prácticas. La manera de gestionar los recursos humanos por parte de la organización se convierte así en una pieza fundamental para su desarrollo potencial y la clave de su éxito en el futuro.

Esta idea no es ni por asomo una idea nueva, El clima laboral ha sido largamente estudiado, siendo uno de los primeros estudios al respecto el realizado en la planta Hawthorne de Western Electric, en Chicago, por Elton Mayo allá por 1949. Bajo un ambiente adecuado y unas condiciones óptimas un trabajador puede aumentar su rendimiento aunque no posea inicialmente las capacidades exigidas en el puesto

Un ambiente de trabajo adecuado no es imposible de lograr, pero necesita de la empresa unos esfuerzos importantes. En primer lugar es necesaria una evaluación exhaustiva de su propia actividad para localizar sus errores, como por ejemplo las condiciones físicas y el grado de estrés en el que los trabajadores deben desempeñar sus tareas, analizar si los mandos intermedios poseen cualidades de liderazgo, entre otras. Y una vez localizados y corregidos los "puntos negros" todavía habrá mucho que hacer. En palabras de Seligman, padre de la psicología positiva, “el verdadero crecimiento personal y superación de nuestras dificultades no vendrían sólo de eliminar lo negativo, si no de construir y adquirir lo positivo”. Por tanto es necesario que las empresas abandonen esta conducta impulsiva si quieren prosperar. Deben transformarse en organizaciones saludables aunque sea solamente por su propio interés corporativo.

Como bien afirma Salanova “las prácticas saludables influyen en el desarrollo tanto de los empleados saludables como de los resultados saludables, que a lo largo del tiempo influirán mejorando las formas de organizar y estructurar los procesos de trabajo, generando procesos de mejora constante a lo largo del tiempo”

Es una tarea ardua, que requiere trabajo y que por supuesto no dará beneficios inmediatos, más bien pérdidas. Pero a largo plazo esta trasformación será beneficiosa de forma bidireccional y recíproca.

Si las empresas llevan a cabo prácticas saludables no solo serán mejor vistas de forma externa y obtendrán más beneficios y mejor productividad sino que sus empleados se desvivirán para la organización crezca y alcance sus objetivos y su máximo desarrollo potencial. El trabajador motivado, además de incrementar su rendimiento al máximo, la calidad y la producción, es la mejor publicidad para una compañía. Hablará a los suyos con pasión de su empresa, querrá que compren sus productos, ningún anuncio estará a su altura. Con el tiempo, la empresa tendrá una imagen social positiva con la que tal vez no precise tanto estudio de mercado. Solamente una gran plantilla de empleados motivados.




EL TABÚ DEL SIGLO XXI

En un mundo globalizado donde las fronteras se han abierto para los mercados pero no para las personas, los gobiernos hacen un esfuerzo titánico para mantenernos silenciados y catatónicos evitando que pensemos activamente para romper la rueda.

Es la era de la modernización,  del auge de las redes sociales y la expansión masiva de los medios de comunicación (o desinformación). Una era en la que paradójicamente estamos más conectados que nunca y a la vez más aislados que en cualquier tiempo pasado seguramente mejor. 

Numerosos tabús han perdido su encanto prohibido y privado y ya no se debaten en voz baja para el cuello de nuestra camisa. Se han vuelto públicos, se comercializan en cada esquina virtual como la corrupción, el fascismo, la pederastia, la sexualización de la mujer cada vez a edades más tempranas....  

Hoy todo parece ser digno de ser hablado, comentado, debatido y cuestionado. Incluso los temas más indeseables como los señalados.

La libertad de expresión ha superado sus limitaciones para casi todos los asuntos menos para las emociones negativas. Ellas, que lejos de ser tan malas como las pintan y que, salvo en formas muy extremas, tienen una clara función adaptativa, se han convertido en el tabú del siglo XXI. 

Porque dentro de este cóctel de superficial consumismo que ha embriagado a la sociedad entera, todo tiene que ser bonito, maravilloso y perfecto.

Tenemos que ser por obligación felices y dejar constancia de ello mostrando al mundo entero que comemos, compramos o hacemos siempre bajo un mensaje en positivo, no vaya a ser que por expresar aquello que nos disgusta se nos excluya de este nuestro rebaño de felices borregos. 

La felicidad toma muchas formas a través de fotos, me gustas y retwits. El nuevo tabú del siglo XXI ha sido excluido de los anuncios publicitarios, de las películas e incluso de los libros. Nadie quiere hablar de esa peste negra que parecen ser las emociones negativas. No queremos saber que es la ira, la desilusión, la decepción, la tristeza, la rabia, el duelo y mucho menos queremos saber de esa epidemia llamada depresión, no vaya a ser el caso que por escuchar a una persona que está pasando por este proceso "nos contagie algo". 


Y lejos de mostrar nuestro lado humano y ser un ejemplo de modelo prosocial aunque solamente fuera por eso, por dar ejemplo, condenamos a estas personas al ostracismo, silenciamos sus sentimientos, las ignoramos y rechazamos hasta que consigan por ellas mismas volver a ser felices. Entonces y sólo entonces les permitiremos regresar para comer perdices junto al resto.

Si, la era de la modernización, dicen. Más bien es la era de la involución, de la superficialidad, de la individualización, del egoísmo y de la decadencia.

Pero todo tiene un fin que justifica los medios. Porque aunque queramos convencernos de lo contrario, no hemos elegido nosotros convertirnos en marionetas sonrientes  Mr Wonderfull las 24 horas del día. 

En realidad todo forma parte de una estrategia perfecta diseñada en un despacho de peces gordos sin escrúpulos y lanzada con acierto al mundo a través de la poderosa onda expansiva de los medios de comunicación y de las redes sociales que tanto nos gustan. Han creado tendencia, les ha funcionado y además les conviene.

Porque bajo esta moda del buenrollismo ¿como vamos a perder nuestro tiempo pensando en el sufrimiento ajeno? ¿En serio nos vamos a preocupar por los refugiados? ¿Se nos revolverá la conciencia con la explotación infantil de nuestras marcas de ropa favoritas en los países en desarrollo? Y ya sin ir tan lejos ¿acaso nos preocupará la violencia machista,? ¿la pérdida de bienestar social de nuestro país ? ¿Pensaremos acaso en que cada día tenemos menos derechos como sociedad colectiva? ¿Nos uniremos por todas estas causas y haremos algo?

No. No haremos nada porque hemos sido completamente deshumanizados. 

Si no nos preocupa ni lo más mínimo lo que le pasa a aquellos que tenemos más cerca, esa unidad básica de interrelación de nuestro microsistema, cómo vamos a ser capaces de desarrollar una conciencia de sociedad en conjunto que deba resolver los mismos problemas que aquel que padece depresión: encontrar los recursos necesarios para poder hacer frente a una situación que le supera.

Todo sería más fácil, claro está, a modo de fuenteovejuna, yendo todos juntos a la una. Pero nos han convertido en máquinas sin corazón, autómatas sin sentimientos ni empatía que viven cada día mirando hacia otro lado mientras ponen la mejilla. 

Eso sí, siempre con una bonita, maravillosa y perfecta sonrisa 

                                          Paula Xirasola