"Hay verdades que resultan incómodas en casi todos los países y la respuesta de las diferentes sociedades a estos temas es tan consistente que desde la Antropología ya se habla de actitudes universales. Entre estos temas se halla el suicidio, una conducta que es mal vista por la gran mayoría de las culturas a excepción de alguna oriental.
El suicidio está socialmente visto como un acto de debilidad y cobardía. Por todo ello, las tasas de prevalencia e incidencia son difícilmente estimables. No obstante se estima que superan en un 50% el número de casos oficialmente declarados".
Así de impactante comenzaba un capítulo del temario de Evaluación en Psicología Clínica. Después se enumeraba una larga lista de factores implicados en la conducta suicida: depresión severa, alteraciones en el circuito de la serotonina, sesgos cognitivos en la toma de decisiones, falta de habilidades sociales...
Lo sorprendente de todo esto es que salvo algun dato relativo a los factores familiares e interpersonales, todos los demás se centraban en la persona. Porque al parecer, cuando alguien se suicida es responsabilidad única y exclusivamente suya.
MENTIRA.Todos tenemos cierta responsabilidad ante el suicidio.
Lo que la verdad esconde es que más del 80% de los adultos jóvenes que se suicidan han mostrado indicios de su propósito y han pasado desapercibidos por su entorno. Un entorno que luego encima tiene la cara de llamarle cobarde.
Lo que la verdad esconde es que más del 80% de los adultos jóvenes que se suicidan han mostrado indicios de su propósito y han pasado desapercibidos por su entorno. Un entorno que luego encima tiene la cara de llamarle cobarde.
Porque volvemos a lo de siempre. Es probable que de alguna manera, verbal o no verbal, esta persona nos haya pedido ayuda. Pero es que nuestras gafas de Mr Wonderfull no nos permite ver más allá y queremos a los demás siempre y cuando no nos rompan la cabeza con sus problemas.
Nos hemos vuelto unos analfabetos emocionales. Y como la ignorancia es la madre del atrevimiento censurados toda expresión de afecto negativo y lo apartamos de nosotros como si fuera la peste negra.
Nuestra falta de asertividad y empatía nos lleva a relacionarnos con los demás con una idiosincrasia tan rígida y tan autorreferencial que a veces sin querer, y muchas veces queriendo, hacemos daño.
Pero no nos vayan a culpar. Que quien se quita la vida lo hace por decisión suya, oiga. Todos somos santos cuando juzgamos los pecados ajenos. Por ello nos atrevemos a catalogar al suicida de cobarde, débil y otras tantas tonterías. Y no solo eso, le negamos el derecho a un entierro cristiano, le culpamos de haber dejado atrás familia, hijos, pareja, le quitamos peso a sus razones... Porque ¿cómo va a tener razones de peso?
Lo que la verdad esconde es que en realidad nosotros también apretamos el gatillo. Con nuestro rechazo hacemos sentir a los demás que no hay salida, negamos auxilio y ayuda a quien lo necesita, juzgamos y criminalizamos sin ponernos en su piel ni calzar sus zapatos. Y, consciente o inconscientemente, contribuimos a esa decisión de poner fin a su vida.
Así que espero que esta nota os sirva un poquito de autocrítica y que veáis más allá de vuestra realidad. Hay muchas personas que lo están pasando mal y que os necesitan.
NO LES DEIS LA ESPALDA
Poesía de Vanessa Glemsel


