martes, 4 de septiembre de 2018

SE ESPERA DE MI



Se espera de mí que no llore, aunque mi parto haya sido duro y difícil, aunque esté impedida y no me pueda mover de la cama. Porque lo importante es que todo ha salido bien y que la niña está perfecta. Da igual si yo estoy hecha una mierda. Debo estar feliz y estupenda y si no lo hago es que soy una exagerada.

Se espera de mí que quiera y pueda dar pecho a mi hija, ya que si no lo hago es una pena y si lo hago debo permitir que mis tetas sean asunto de estado y que todo el mundo tenga derecho a opinar sobre su forma y tamaño o si su leche le llega o no le llega. Porque si protesto ante todos esos comentarios invasivos e inapropiados, es que no me dejo ayudar. 

Se espera de mí que comprenda que ha nacido la nieta, la sobrina, la ahijada, o la prima en lugar de mi hija, que relegue mi posición más importante e imprescindible a familiares que deben estar por debajo y que ponga buena cara cuando acuden en masa al hospital sin haberme preguntado si después de parir quería visitas a pesar de llevar 9 meses avisando justamente de lo contrario. Se espera de mi que atienda feliz a todas esas visitas con todas sus impertinencias. Porque, si les digo que quiero intimidad para vivir ese momento irrepetible, soy una egoísta. 

Se espera de mí que deje mi bebé en manos de extraños, aunque vengan maquillados con productos que desconozco, rociados en colonias y perfumes alcohólicos y que les permita besarlos en sus manos o en su carita, despertarlo mientras duerme o arrancármelo de los brazos en sus primeras horas de vida. Porque, si protesto y me enfado, hay que dejarme ya que tengo las hormonas alteradas. 

Se espera de mí que al llegar a casa siempre esté disponible para las visitas, sea cual sea la hora a la que vengan, aunque aparezcan de sorpresa, o que sea yo la que haga un tour turístico por sus casas y que, si no vienen a verla, comprenda que ellos sí pueden tener más cosas que hacer en la vida. Porque si protesto es culpa mía que no vengan a ver a la niña, ya que estoy insoportable por la depresión postparto.

Se espera de mí que comparta mi bebé con otros, que les permita llevar el carro. Si lo hago no me dan ni las gracias por regalarles un tiempo que no voy a recuperar nunca y, si no lo hago, soy nuevamente una egoísta.

Se espera de mí que deje a mi bebé con ellos mientras yo friego la cocina o el baño recién parida, porque para eso está mi permiso de maternidad, para dejar a mi bebé en otras manos distintas de las mías ya que mi prioridad es tener mi casa limpia para recibir más y más visitas. Y, si no lo hago, es que estoy desbordada. 

Se espera de mí que cuando usen a mi bebé para mandarme recaditos y mensajes me ría y yo también conteste a través de mi bebé y que me parezca bien esta dinámica inadecuada y ridícula. Porque si digo que no hagan eso, soy yo la que le saco punta a todo porque estoy atravesando una depresión postparto.

Se espera de mí que comparta la crianza con cualquiera, aunque los demás hayan sido padres en la prehistoria y me bombardeen la cabeza con consejos cavernícolas. Se espera que sea receptiva y reciba con agrado y anote en mi libreta de madre primeriza todas las sugerencias y las órdenes que me dan otras madres que al parecer saben mucho más que yo por el simple hecho de ser madres antes, aunque sus hijos sean un claro ejemplo de cómo no se debe criar a un niño. Porque si protesto y me pongo en mi sitio o menciono el concepto de "crianza respetuosa" soy una borde.

Se espera de mí que asienta y calle cuando solo se me responsabiliza a mi de las decisiones que hayamos tomado los dos sobre nuestra hija. Porque, si protesto, es que todo me parece mal.

Se espera de mí como madre tantas cosas basadas en estereotipos obsoletos, rancios y machistas que cada día es una lucha continua con todos esos psicólogos, pediatras y pedagogos de calle y ha llegado un punto en que he dejado de querer a algunas personas y que su sola presencia me incomoda. Y mientras pienso que es una pena y en que ojalá las cosas fueran distintas, ellos me siguen criticando con otros familiares y/o amigos, contando su versión distorsionada de los hechos, que luego sufro yo cuando me encuentro con esos desconocidos a los que yo no he elegido para ser conocedores de mi vida.

Se esperan de mí tantas cosas que estoy harta y ahora soy yo la que se escapa para seguir disfrutando de esta etapa preciosa y feliz que hay de puertas para adentro, en mi casa, desde la llegada de mi hija. Ya que, de puertas para afuera se me sigue tratando como lo que se espera de mi, una madre primeriza sin conocimientos y con una preparación nula para cuidar de su nieta, sobrina, ahijada o prima.

Y de su padre... de su padre no se espera nada. Todo cuanto haga será una auténtica hazaña. Él no tiene depresión postparto. No hace nada mal. No es un egoísta ni un borde. Es un padrazo. Un héroe completamente entregado!

Pero la verdad, es que la valiente que hizo posible el sueño de todos vosotros.... Esa en realidad... Esa soy yo.


                                            De nada.



     Paula Xirasola

lunes, 18 de septiembre de 2017

"El principio de Peter" Cuando la incompetencia es menos la excepción que la norma.

“En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”. Así de contundente resumía Lawrence J. Peter la realidad de las organizaciones jerarquizadas bajo una estructura piramidal.  Según Lawrence J. Peter, con el tiempo, los puestos de trabajo tienden a ser ocupados por empleados que se muestran incompetentes para desempeñar sus obligaciones y el verdadero trabajo lo realizan aquellos empleados que todavía no han alcanzado su nivel de incompetencia.

Se da por sentado que ascender en una organización jerárquica siempre supone una situación mejor. A nivel laboral escalar puestos ha sido siempre visto, de forma generalizada, como un aspecto positivo. Nuestro sueldo aumenta, nuestro estatus también, nuestra identidad social se refuerza al tener acceso a relaciones sociales de mayor nivel...Vamos, es una experiencia maravillosa para aumentar nuestra autoestima. Porque ¡para que negarlo! el ascenso siempre es un reconocimiento a nuestro trabajo, ya sea por realizar eficazmente la tarea o bien por saber besar "los culos apropiados" en la gran mayoría de los casos.

Así que durante los primeros meses de nuestro ascenso le mostramos al mundo nuestro "Yo Ideal"  ese que es feliz, asertivo, comprensivo y educado. Tratamos a nuestros empleados con cariño y respeto, nos mostramos como iguales, hasta damos los buenos días a gente que antes ni saludábamos.

Pero las mejoras económicas y de estatus que acarrea un ascenso pueden llevar consigo insatisfacción y miedo si se pasan por alto las aptitudes personales para desempeñar determinadas tareas, especialmente si se carece de aptitudes para gestionar recursos humanos de una forma eficaz e inteligente. Por ello, a medida que va pasando el tiempo, el estrés nos va carcomiendo hasta destrozar desde dentro ese hermoso antifaz que nos habíamos puesto.

Y es precisamente aquí cuando nuestra incompetencia se vuelve patente y amenaza con cargarse la autoestima que nos queda tras ser conscientes de nuestras carencias. Es entonces cuando reaparece nuestro yo actual, ese que no tiene ni idea de tratar a las personas, ese ser frío dominado por el ego y movido por su propio interés de supervivencia que se muestra déspota y cruel con los que ahora llama subordinados en lugar de empleados. Y así, paradójicamente, atentamos contra nuestros propios intereses al no ser conscientes de que el bruto y lo fundamental del trabajo lo hacen aquellos a los que maltratamos diariamente.

He aquí el gran problema de la mala gestión de las promociones internas. Un problema que afecta enormemente no solo a la productividad sino a la totalidad de la empresa ya que sus defectuosos escalones lejos de conducir al éxito inician el descenso hacia la decadencia corporativa.

Si uno o varios de los puestos de responsabilidad están ocupados por empleados con un alto nivel de incompetencia, las decisiones que tomarán dichas personas serán erróneas, negativas e incluso catastróficas para cualquier negocio. Es incluso posible que los propios ascensos sean decididos por empleados incompetentes, por lo que se crea un círculo vicioso que, aunque a corto plazo muestre efectos poco llamativos, a largo plazo puede suponer la destrucción masiva de puestos de trabajo y el despido indiscriminado de empleados que realmente si están cualificados.

Si la empresa no corrige su rumbo, cavará una tumba tan profunda en la que, con el paso del tiempo, se enterrará a sí misma. Lo más triste de todo es que para cuando se dé cuenta, ya no quedará nada de ella, tan sólo una imagen tan dañada que no podrá salvarse con un simple cambio de rótulo. Porque al final es la imagen social la que lo mueve todo.

                                            Paula Xirasola





domingo, 9 de julio de 2017

CONCEPCIÓN COMO NORMA SUBJETIVA


La norma subjetiva es la percepción sobre las presiones sociales para realizar una determinada conducta e incluye, tanto la percepción de las creencias conductuales que las personas relevantes poseen acerca de si se debe o no realizar una acción, como la motivación del individuo en satisfacer las expectativas de estos. Los referentes pueden ser desde un individuo que resulte relevante para la persona, hasta un grupo social, una comunidad, etc. El incumplimiento de las normas subjetivas no implica una sanción institucionalizada,  pero si conlleva algún tipo de recriminación o reproche social.

Nos guste más o menos la norma subjetiva ejerce un gran poder en nuestras decisiones,  presionándonos socialmente para que cumplamos con una serie de hitos que se consideran normativos para cada edad, como estudiar, independizarse, encontrar un trabajo estable, casarse, tener hijos... Cuando no se siguen estos pasos según lo sugerido por nuestra sociedad,  o no se alcanzan determinados logros de forma voluntaria, el entorno nos presiona para que, de una manera u otra, tomemos el camino que con tanto esfuerzo han construido Disney, la Iglesia y nuestro primitivo sistema educativo.

Toda esta presión se manifiesta en una serie de preguntas control que hacemos a los demás para verificar si efectivamente han cumplido con lo previsto. Así, cuando uno se independiza la retahíla de preguntas absurdas comienza a quebrantar esa libertad recién adquirida "¿y para cuando el novio? ¿Y para cuando la boda? ¿Y para cuando los hijos?" Todas estas preguntas sin duda son incómodas, pero la última es especialmente dañina para una mujer.

En primer lugar porque le niega el derecho básico de su libertad de elección. Se asume implícita y explícitamente que, por el hecho de ser mujer, una debe desear ser madre y quien no lo desea es menos mujer. Esto sin duda es una auténtica falacia. Una mujer no deja de ser mujer por no desear ser madre. Una mujer,  ante todo,  es una persona individual que tiene el mismo derecho que su homólogo del sexo opuesto a decidir lo que desea y no desea en su vida. Sin embargo cuando una mujer manifiesta su deseo de no tener hijos es visto en ella,  no así en el hombre,  como algo contra natura. La discriminación hacia la mujer empieza aquí, desde el eslabón más básico. Su género. 

¿Dónde está escrito que para ser mujer hay que ser madre? En ninguna parte. Como tampoco está escrito que debemos ser guapas, presumidas y delgadas, pero este tema lo dejaremos para otro día.

En segundo lugar y no por ello menos importante, la pregunta de por si entraña una crueldad intolerable hacia aquellas mujeres que, aun deseando ser madres,  no lo consiguen. Pero en esta realidad, que es mucho más amplia de lo que creemos,  nadie piensa. Así justificamos nuestra inocencia al inmiscuirnos en lo que no nos concierne cuando en realidad estamos clavando un cuchillo en las entrañas de una persona de la que probablemente no sepamos absolutamente nada. ¿Y si lleva años intentándolo? ¿Y si está bajo tratamiento para ello? ¿Y si no puede tenerlos? ¿Quiénes somos nosotros para hacer semejante pregunta? ¿Acaso somos submarinos para navegar sin permiso por los oscuros océanos de la privacidad individual?

          Pero claro, luego uno entra en los foros sobre maternidad y se encuentra una auténtica paranoia por lograr de la manera más rápida el milagro de la vida con la que las empresas farmacéuticas se frotan las manos. Test de ovulación, test de embarazo ultrasensibles, tratamiento hormonales, intervenciones psicológicas y quirúrgicas... Un imperio millonario que se aprovecha del deseo de las mujeres de ser madres y a poder ser cuanto antes. Porque aunque la fertilidad y fecundación no sean asuntos sencillos, tardar en el proceso, aunque sean unos meses,  también está mal visto. Y quien tarda no sólo sufre el asedio de las preguntas control, sino que encima tiene que aguantar desde "bromas inocentes" hasta auténticas mofas y burlas.

Paradójicamente este deseo extremo fomentado por deseo aliviar la presión social y cumplir con la norma subjetiva no hace más que dificultar la tarea. No es ni por asomo pequeño el porcentaje de mujeres que tienen problemas para concebir por la presión psicológica que se ejerce desde fuera. Mujeres que a la larga son atendidas en las unidades de salud mental por ansiedad, depresión e incluso conductas suicidas.

Pero la concepción bajo la norma subjetiva no sólo trae problemas fisiológicos y psicológicos. Al contrario. También causa efectos indeseables tanto de manera intraindividual, como interindividual y social.

Porque cuando se tienen hijos porque toca,  en lugar de porque realmente se desea,  a nivel individual renunciamos a otras metas o sueños para el cuidado de nuestros retoños, lo que a la larga repercute notablemente en el estilo parental que adoptemos,  que finalmente influirá en el desarrollo de nuestro pequeño. Y estos efectos no son nimios, a Baumrind me remito. 

El estilo parental adoptado puede tener consecuencias devastadoras para el niño que ha venido al mundo no por decisión propia sino por la nuestra. Así en lugar de niños felices creamos desde autómatas dependientes hasta pequeños tiranos. Luego siempre podemos echarle la culpa al resto y el resto a nuestra incapacidad para ser padres, perpetuando con ello el status quo de la norma subjetiva.

Por ello os invito a todos a que rompáis la rueda y le hagáis un favor al mundo: Meteos en vuestra vida. Porque no sois nada ni nadie para exigir a los demás lo que deben o no deben hacer, ni cuando, ni como, ni con quien y mucho menos porqué.

Porque, todos y cada uno de nosotros, no somos más que seres subjetivos aferrados a nuestros ideales y creencias que bajo ningún concepto tienen porqué ser ni las más acertadas ni las más correctas. Y porque, nos cueste más o menos aceptarlo, por encima de la norma subjetiva están la libertad, los derechos y los sentimientos, aunque algunos hayáis olvidado que significan estos hermosos conceptos.

En definitiva, la vida no es un conjunto de roles o expectativas que hay que asumir sin dudar. No hay que obedecer a ninguna norma social sin base ni fundamento y mucho menos a una que se ampara en una estúpida y arcaica cuestión de género. La vida no es un camino lineal y previamente establecido. Ante todo y como ya dijo en su día Calderón de la Barca "La vida es un sueño". 

Así que tanto si quieres ser madre como si no puedes o no quieres… Olvídate de la norma subjetiva. Vive tu sueño.

                                                    Paula Xirasola.






















sábado, 27 de mayo de 2017

LO QUE LA VERDAD ESCONDE

"Hay verdades que resultan incómodas en casi todos los países y la respuesta de las diferentes sociedades a estos temas es tan consistente que desde la Antropología ya se habla de actitudes universales. Entre estos temas se halla el suicidio, una conducta que es mal vista por la gran mayoría de las culturas a excepción de alguna oriental. 

El suicidio está socialmente visto  como un acto de debilidad y cobardía. Por todo ello, las tasas de prevalencia e incidencia son difícilmente estimables. No obstante se estima que superan en un 50% el número de casos oficialmente declarados".

Así de impactante comenzaba un capítulo del temario de Evaluación en Psicología Clínica. Después se enumeraba una larga lista de factores implicados en la conducta suicida:  depresión severa, alteraciones en el circuito de la serotonina, sesgos cognitivos en la toma de decisiones, falta de habilidades sociales...

Lo sorprendente de todo esto es que salvo algun dato relativo a los factores  familiares e  interpersonales, todos los demás se centraban en la persona. Porque al parecer, cuando alguien se suicida es responsabilidad única y exclusivamente suya.

MENTIRA.Todos tenemos cierta responsabilidad ante el suicidio. 

Lo que la verdad esconde es que más del 80% de los adultos jóvenes que se suicidan han mostrado indicios de su propósito y han pasado desapercibidos por su entorno. Un entorno que luego encima tiene la cara de llamarle cobarde.

Porque volvemos a lo de siempre. Es probable que de alguna manera,  verbal o no verbal,  esta persona nos haya pedido ayuda. Pero es que nuestras gafas de Mr Wonderfull no nos permite ver más allá y queremos a los demás siempre y cuando no nos rompan la cabeza con sus problemas.

Nos hemos vuelto unos analfabetos emocionales. Y como la ignorancia es la madre del atrevimiento censurados toda expresión de afecto negativo y lo apartamos de nosotros como si fuera la peste negra.

Nuestra falta de asertividad y empatía nos lleva a relacionarnos con los demás con una idiosincrasia tan rígida y tan autorreferencial que a veces sin querer, y muchas veces queriendo, hacemos daño. 

Pero no nos vayan a culpar. Que quien se quita la vida lo hace por decisión suya, oiga. Todos somos santos cuando juzgamos los pecados ajenos. Por ello nos atrevemos a catalogar al suicida de cobarde, débil y otras tantas tonterías. Y no solo eso, le negamos el derecho a un entierro cristiano, le culpamos de haber dejado atrás familia, hijos, pareja, le quitamos peso a sus razones... Porque ¿cómo va a tener razones de peso?

Lo que la verdad esconde es que en realidad nosotros también apretamos el gatillo. Con nuestro rechazo hacemos sentir a los demás que no hay salida, negamos auxilio y ayuda a quien lo necesita, juzgamos y criminalizamos sin ponernos en su piel ni calzar sus zapatos. Y,  consciente o inconscientemente,   contribuimos a esa decisión de poner fin a su vida.

Así que espero que esta nota os sirva un poquito de autocrítica y que veáis más allá de vuestra realidad. Hay muchas personas que lo están pasando mal y que os necesitan.

NO LES DEIS LA ESPALDA
           



                             Poesía de Vanessa Glemsel

domingo, 14 de mayo de 2017

El mundo cambia con tu ejemplo, no con tu opinión.

Según la teoría de Aprendizaje Social de Albert Bandura, la mayor parte de la conducta humana se aprende por observación de modelos significativos de nuestro entorno. Por tanto, todo comportamiento se puede adquirir o modificar por medio de una experiencia social directa.

Es por ello que sería mejor que, en lugar de nacer con una barra de pan bajo el brazo, naciésemos con un espejo en la mano. Y no precisamente para autohalagarnos, sino para vernos a los ojos de vez en cuando y reflexionar con profundidad y franqueza sobre si realmente somos coherentes con nuestros actos.

Porque, cuando se trata de dar lecciones al resto estamos siempre dispuestos. El uso de expresiones como "tienes que" "debes" "no puedes" se ha convertido en algo tan natural y tan automático que parece que tenemos un manual de órdenes insertado en el cerebro. Pero estas pautas son pura idiosincrasia. Una prueba irrefutable de que somos tan arrogantes y soberbios que creemos que nuestra manera de hacer las cosas es siempre la mejor, la más adecuada y la más correcta.

Se nos da muy bien eso de ponernos en la piel del maestro que va dando lecciones de moral a los demás y, a la hora de la verdad, hacemos justamente aquello que tanto reprochamos al resto. Sea por A o por B, acabamos bebiendo de ese agua que juramos no beber.

Es entonces cuando nuestra falta de coherencia se vuelve tan visible y explícita que nos deja totalmente en evidencia. Le mostramos al mundo entero que no tenemos ninguna clase de criterio y nuestras palabras pierden su poder para causar el impacto deseado. Si acaso producen indiferencia en el mejor de los casos.

Pero, como siempre, los efectos más devastadores son los que no calculamos. Porque cualquiera que esté a nuestro alrededor puede aprender de nosotros, o más bien desaprender. Y no solamente reciben esos guiones distorsionados nuestros conocidos, sino también los desconocidos, ya sean adultos, adolescentes o niños.

Lo que hacemos viaja mucho más allá de nuestro microsistema y echa raíces como las hiedras en los lugares más insospechados. Y así se produce el gran efecto bola de nieve donde nuestro mal ejemplo es  trasmitido por observación, reforzado por ausencia de corrección y perpetuado por repetición. Quien sabe, tal vez mañana nos venga de vuelta y nos llevemos las manos a la cabeza.


El mundo cambia con tu ejemplo, no con tu opinión. Si quieres hacer algo por él deja a un lado tu faceta de juez y conviértete en un buen modelo


                                  Paula Xirasola

martes, 2 de mayo de 2017

Y SIN EMBARGO GIRA

En alguna parte leí que el ser humano es el único ser que nace indeterminado, que necesita de otros para evolucionar y sacar lo mejor de sí mismo.

Nacemos indeterminados sí, necesitamos de los otros porque el ser humano nace y vive en sociedad. Pero vivir en sociedad no significa que podamos sacar lo mejor de nosotros mismos, normalmente sucede justamente lo contrario. Debemos medir nuestros actos, nuestras palabras, nuestra conducta e incluso nuestro pensamiento si queremos seguir perteneciendo a la manada. Debemos ser tristes marionetas y no resistirnos a las manos de ese "ser misterioso" que maneja nuestras cuerdas. Es nuestra sociedad la que mueve los hilos, la que nos premia o reprime, la que nos desprestigia y no tiene en cuenta nuestra valía, dando por hecho que no podemos aspirar a más de lo que ella misma nos concede. Camina en la dirección que te impone y jamás serás la oveja descarriada.


Durante los primeros años de nuestra vida somos pura creatividad e ingenio, nadie frena nuestras ocurrencias sino que sonríen ante la gracia que les causa nuestra elocuencia. Pero eso solo sucede al principio.

A medida que nos hacemos mayores, nuestras ideas dejan de ser divertidas y parece que nuestro entorno se pone de acuerdo para calificar, los productos que nuestra mente fabrica sin cesar, de ideas peregrinas, ideas inalcanzables, ridículas, utópicas, erradas, banales, imposibles, equivocadas, impensables!

Crecemos asumiendo que no es bueno pensar en lo que “todo el mundo” cree que está mal, a pesar de que nadie tiene el poder o la sabiduría para designar qué es lo “normal” y mucho menos lo correcto.

Sin el apoyo y el reconocimiento social acabamos apagando muchas de las bombillas que se encienden en nuestras cabeza, nos avergonzamos de lo que nuestra mente concibe y finalmente lo rechazamos... o no lo hacemos pero lo calificamos de “imposible”.

El niño es feliz siendo niño y de mayor debe sufrir el juicio que se hace de todo cuánto piense o exprese. Que injusto castigo para quién ha nacido dotado de "una mente maravillosa", que triste es la vida si ya desde el colegio nos restan nuestras posibilidades de futuro al censurar aquello de lo que nos creemos capaz. ¿Es acaso ésto a lo que llamamos evolución?

Si tienes una idea primero debe pasar la criba de la opinión social y si lo consigue, tendrá que sobrevivir a las garras de la tortuosa burocracia para hacerse realidad. Solamente unos pocos tendrán la iniciativa de darle forma a su sueño y después seguir luchando para que perviva. Pero... ¿de qué sirve la iniciativa sin oportunidades?. Sin recursos las ideas se quedan en el cajón del olvido para acabar desapareciendo en el agujero de las cosas perdidas y de ahí ya no vuelve a salir.

Siempre estará la sociedad y sus etiquetas, armada de prejuicios e innumerables barreras, para recordar que esa no es la dirección a seguir hasta que ella lo indique. Muchos murieron antes de que fueran reconocidos sus méritos. 


Un viejo Galileo tuvo que abdicar de sus ideas y permanecer confinado hasta su muerte simplemente por pensar. "Y, sin embargo... gira" decía. Pero nadie le creyó y aunque hoy nos parece descabellada la posición inquisidora de los que lo privaron de su libertad, nada ha cambiado. Seguimos penalizando al que piensa, solamente hemos cambiado los tipos de castigo. Quién sabe, tal vez dentro de veinte años le demos la razón... Para entonces ya habrá cumplido su condena.

Pero ¿que sería del mundo, tal y como lo conocemos, si nunca alguien hubiese tenido una sola idea? ¿que sería si nadie se hubiese atrevido a llevarla a cabo aún a sabiendas de que iba en contra de la opinión del resto? Nadie en su sano juicio puede responder a tales preguntas pues todo lo que ha sido creado por hombre proviene de una hipótesis formulada en su cabeza. Entonces... ¿Porqué ponemos tantas piedras en el camino de aquel que piensa y crea?

El ser humano nace indeterminado, necesita de otros para evolucionar... Necesita de una sociedad que sepa admitir que hay pensamientos que caducan y otros que deben nacer para renovarse así misma. Una sociedad que acepte las diferencias y conciba la diversidad de pensamiento no como un crimen sino como diferentes puntos de vista que nos pueden acercar más a la realidad de nuestra existencia, a conocer todas las caras de la moneda y así poder resolver con mayor facilidad nuestros problemas. Una sociedad que brinde oportunidades a esas mentes maravillosas y desconocidas que habitan en cada rincón de nuestro planeta.

Todos formamos parte de esa sociedad y de la misma forma que luchamos para conservarla debemos luchar también para mejorarla. Todos tenemos ideas que dan vueltas y vueltas en nuestra cabeza y que pueden proporcionarnos un futuro mejor de forma individual e incluso colectiva... No renunciemos a nuestro pensamiento como el pobre Galileo. No vivamos con el “Y, sin embargo... gira” Sigamos adelante con nuestras ideas intentando darles forma y vida. 




                                                 Nunca dejéis de pensar.




lunes, 1 de mayo de 2017

DESPIERTA



Cierra los ojos. Te invito a que hagas un simple ejercicio de imaginación. Imagina que estás tumbado en tu cama y que despiertas de un sueño que ha durado toda tu vida y, de pronto, alguien anuncia que ha llegado tu hora. Si amigo, hoy vas a morir. En ese momento haces un repaso de tu vida y descubres que no has hecho absolutamente nada. No vas a dejar nada que sea totalmente tuyo. Dejaste que pasase el tiempo sin cambios, conformándote con una vida normal, un trabajo normal, un día a día lineal. Y eso es todo. Un cuadro gris, sin color. Mientras en tu interior se revolvían millones de ideas, gritándote, suplicándote que las dejaras salir, mostrándote en tu cabeza imágenes de todo aquello que podías llegar a ser si las escuchases. Pero te mantuviste inmóvil, de brazos cruzados.

Si hoy fueses a morir tal vez la presencia de ese final inmediato te haría recapacitar y sentirías culpa y tristeza, por haberte conformado cuando toda tu vida pensaste que eras especial, que tenías un don, tal vez como escritor, como profesor, como ingeniero, pintor, bombero, astronauta, informático, actor. Pero te conformaste con NADA.

Dime ¿Cuanto te pagaron para que renunciaras a tus sueños? ¿12 mil al año? ¿20 mil? ¿Unas vacaciones en Benidorm con la familia cada verano? ¿Y que ha sido de ti? O más bien ¿Qué has hecho por ti? Pasaste por la vida o más bien la vida pasó por ti olvidándote de quien eres y asumiendo constantes roles a raja tabla. Eres el hijo de tal, la mujer de cual, el trabajador de x empresa, un parado, estudiante, vecino, madre, amigo... Y fueron pocos los momentos, por no decir ninguno, en que fuiste consciente de que eras algo más que todo eso.


Cada uno de nosotros somos únicos pero cada uno de nosotros pierde una oportunidad en cada segundo, en cada minuto, en cada hora para serlo. Pueden parecerse a ti en tus gestos, o a ti en tus expresiones, o puede haber similitudes en opiniones, gustos, formas de ser. Se puede tener el mismo color de cabello pero, sin embargo, no brilla de la misma forma en una cabeza que en otra. 

No podemos ser idénticos. La propia naturaleza no lo permite. El ADN está capacitado para guardar la información, copiarla fielmente, pero también para permitir una cierta posibilidad de cambio... Y si no fuera así todavía andaríamos a cuatro patas y viviendo en cavernas. 

Entonces si es nuestra propia naturaleza la que busca ese cambio para evolucionar, si estamos configurados genéticamente para que no hayan dos personas idénticas en este mundo, ¿Porqué te conformas con esa vida normal, ese trabajo normal, ese día a día lineal y con pasar desapercibido lo máximo posible para mantenerte en tu ideal zona de confort? Esto sucede por dos razones. Primero, porque te has olvidado de quien eres, rechazando tu identidad y segundo, porque tienes MIEDO. Miedo de ser diferente, miedo de que te señalen por no estar dentro de lo que se considera “normal” sin haberte parado a pensar qué es lo que implica esa normalidad. Y si lo analizas con atención, la normalidad, no es más que un concepto. Un concepto totalmente vacío ¿Quien puede decir qué es lo normal? Nadie puede contestar, somos seres subjetivos, nuestra realidad no es más que una percepción, una combinación de la información de nuestros órganos sensoriales, mezclada con la experiencia previa en caso de haberla, sumada a la opinión que nos regalan todas las mañanas los medios de comunicación, asimilada de acuerdo a nuestros propios esquemas mentales y dependiente de la educación que hayamos recibido. Por tanto en este cóctel, de realidad, tangible, objetiva y pura hay más bien poco. Y aun así, tu quieres ser normal. Y te ríes o criticas al que se sale de ello mientras en tu cabeza dan vueltas esas ideas y esos anhelos de todo aquello que no haces para conservar tu posición relativa a la población en el medio de la campana de Gauss, nunca en los extremos.

¡Levántate! Mira a tu alrededor. Afortunadamente para ti ese día no ha llegado. Hoy no vas a morir. Así que es el momento de que despiertes, de que actúes y escuches esas voces en tu cabeza porque no hay nadie como tu en el universo, aunque ahora no lo creas. Explórate, navega por tu interior hasta dar con esa clave, la llave que abre las puertas de tus sueños, porque está dentro de ti, te lo aseguro. Todos tenemos un don especial, incluso tu. Así que atrévete a abrirte paso en la selva, por el camino te encontrarás millones de obstáculo pero debes seguir adelante. No dejes que pase el tiempo. Alimenta tu mente, aprende, ejercita tus habilidades y desarróllalas al máximo, construye tus propias alas y cuando estés preparado salta CON DECISIÓN. 

No tengas miedo, vuela de una vez por todas y reclama el sitio que te corresponde JUNTO A LAS ESTRELLAS.