Se
espera de mí que no llore, aunque mi parto haya sido duro y difícil, aunque
esté impedida y no me pueda mover de la cama. Porque lo importante es que todo
ha salido bien y que la niña está perfecta. Da igual si yo estoy hecha una
mierda. Debo estar feliz y estupenda y si no lo hago es que soy una exagerada.
Se
espera de mí que quiera y pueda dar pecho a mi hija, ya que si no lo hago es
una pena y si lo hago debo permitir que mis tetas sean asunto de estado y que todo
el mundo tenga derecho a opinar sobre su forma y tamaño o si su leche le llega
o no le llega. Porque si protesto ante todos esos comentarios
invasivos e inapropiados, es que no me dejo ayudar.
Se
espera de mí que comprenda que ha nacido la nieta, la sobrina, la ahijada, o la
prima en lugar de mi hija, que relegue mi posición más importante e imprescindible a familiares que deben estar por debajo y que ponga buena cara cuando acuden en
masa al hospital sin haberme preguntado si después de parir quería visitas a
pesar de llevar 9 meses avisando justamente de lo contrario. Se espera de mi
que atienda feliz a todas esas visitas con todas sus impertinencias. Porque, si
les digo que quiero intimidad para vivir ese momento irrepetible, soy una egoísta.
Se
espera de mí que deje mi bebé en manos de extraños, aunque vengan maquillados
con productos que desconozco, rociados en colonias y perfumes alcohólicos y que
les permita besarlos en sus manos o en su carita, despertarlo mientras duerme o
arrancármelo de los brazos en sus primeras horas de vida. Porque, si protesto y
me enfado, hay que dejarme ya que tengo las hormonas alteradas.
Se
espera de mí que al llegar a casa siempre esté disponible para las visitas, sea
cual sea la hora a la que vengan, aunque aparezcan de sorpresa, o que sea yo la
que haga un tour turístico por sus casas y que, si no vienen a verla, comprenda
que ellos sí pueden tener más cosas que hacer en la vida. Porque si protesto es
culpa mía que no vengan a ver a la niña, ya que estoy insoportable por la
depresión postparto.
Se
espera de mí que comparta mi bebé con otros, que les permita llevar el carro. Si lo hago no me dan ni las gracias por regalarles un tiempo que no voy a
recuperar nunca y, si no lo hago, soy nuevamente una egoísta.
Se
espera de mí que deje a mi bebé con ellos mientras yo friego la cocina o el
baño recién parida, porque para eso está mi permiso de maternidad, para dejar a
mi bebé en otras manos distintas de las mías ya que mi prioridad es tener mi
casa limpia para recibir más y más visitas. Y, si no lo hago, es que estoy
desbordada.
Se
espera de mí que cuando usen a mi bebé para mandarme recaditos y mensajes me
ría y yo también conteste a través de mi bebé y que me parezca bien esta
dinámica inadecuada y ridícula. Porque si digo que no hagan eso, soy yo la que le saco
punta a todo porque estoy atravesando una depresión postparto.
Se
espera de mí que comparta la crianza con cualquiera, aunque los demás hayan
sido padres en la prehistoria y me bombardeen la cabeza con consejos cavernícolas.
Se espera que sea receptiva y reciba con agrado y anote en mi libreta de madre
primeriza todas las sugerencias y las órdenes que me dan otras madres que al
parecer saben mucho más que yo por el simple hecho de ser madres antes, aunque
sus hijos sean un claro ejemplo de cómo no se debe criar a un niño. Porque si protesto
y me pongo en mi sitio o menciono el concepto de "crianza respetuosa"
soy una borde.
Se
espera de mí que asienta y calle cuando solo se me responsabiliza a mi de las
decisiones que hayamos tomado los dos sobre nuestra hija. Porque, si protesto,
es que todo me parece mal.
Se
espera de mí como madre tantas cosas basadas en estereotipos obsoletos, rancios
y machistas que cada día es una lucha continua con todos esos psicólogos,
pediatras y pedagogos de calle y ha llegado un punto en que he dejado de querer
a algunas personas y que su sola presencia me incomoda. Y mientras pienso que
es una pena y en que ojalá las cosas fueran distintas, ellos me siguen criticando
con otros familiares y/o amigos, contando su versión distorsionada de los
hechos, que luego sufro yo cuando me encuentro con esos desconocidos a los que
yo no he elegido para ser conocedores de mi vida.
Se
esperan de mí tantas cosas que estoy harta y ahora soy yo la que se escapa para
seguir disfrutando de esta etapa preciosa y feliz que hay de puertas para
adentro, en mi casa, desde la llegada de mi hija. Ya que, de puertas para afuera
se me sigue tratando como lo que se espera de mi, una madre primeriza sin
conocimientos y con una preparación nula para cuidar de su nieta, sobrina, ahijada o prima.
Y de su
padre... de su padre no se espera nada. Todo cuanto haga será una auténtica
hazaña. Él no tiene depresión postparto. No hace nada mal. No es un egoísta ni un borde. Es un padrazo. Un héroe
completamente entregado!
Pero la verdad, es que la valiente que hizo posible el sueño de todos vosotros.... Esa en realidad...
Esa soy yo.
De
nada.
Paula Xirasola





